Ante todo, deseamos unirnos a todos los que festejan en este día al papá. Aquel por medio del cual, Dios Nuestro Señor, nos invitó a la vida que celebramos como comunión de amor entre mamá y papá.
Esta comunión de amor fue bendecida por Dios con la paternidad, haciendo fecunda su entrega, gestando una nueva vida, que llena de alegría a la pareja humana —de mujer y varón— por la bendición de la fecundidad. Es así como en el proceso de maduración humana se escriben los inicios de la historia de una nueva persona, noticia que llena de emoción a los cónyuges, cuando viene incluso certificada por el médico, como floración y fruto de su sincero amor. En este período de preparación para ser dado a luz, toda la familia debe agradecer mucho a Dios, el gran regalo de la vida.
Junto con el nuevo agradecimiento al Señor de los esposos bendecidos por el don de la fecundidad, toda la familia debe vibrar al unísono con sus sentimientos de gozo y gratitud. Después de que se apoyen, ayuden, acompañen, los esposos y las adecuadas y prudentes previsiones del parto, viene la siguiente etapa. Un niño o una niña viene a alegrar este nuevo hogar, más que nunca las promesas de un amor entregado, sacrificado, solícito y fiel se tienen que hacer realidad.
¿Cuál debe ser la actitud del papá hacia sus hijos? Considero que los primero es que los hijos vean en toda circunstancia el cariño y respeto del papá hacia la mamá haciendo plenamente operativo el principio: “nos amamos diversos y nos aceptamos complementarios”. Cuenta mucho también la precedente sabiduría de la esposa. Una amiga me dijo esto: “yo me voy a casar… con el hombre que tenga los defectos que yo sé perdonar” y me pareció una observación sabia y prudente.
Porque así las exigencias de reciprocidad que son demandantes en el matrimonio se llevarán adelante como consecuencia natural de la vocación elegida y este espíritu de afrontar con decisión y con afecto todas las consecuencias, da una enorme entereza a las personas y favorece una sintonía y concordia sumamente útiles en el proceso de vida y formación de los hijos.
Un papá no debe de querer que sus hijos sean iguales así mismo, sino que vayan aflorando paulatinamente, sus cualidades y personalidad y que en la interactuación constante de la familia cada uno de ellos mantenga su personalidad de manera que apreciando las cualidades de cada uno —papá y mamá— y constantemente aprendiendo con ellos y de ellos vaya construyendo y estructurando su propia personalidad.
Un papá enseña al hijo lo mucho que él aún no sabe, corrigiendo errores, estimulando a una constante superación como dice el sabio adagio: “Hoy mejor que ayer, mañana mejor que hoy”. El hijo debe percibir en todo momento que su papá quiere ayudar con cercanía y discreción, estimulando y no suplantando, “es tu trabajo y lo debe hacer tú”, el de tu propia superación. Un papá que busque estar cercano con su esposa y a sus hijos, compartiendo alegría, dolores, cansancios, esperanzas, lo fácil, alegre, positivo y lo duro, difícil y desafiante.
Un papá que comprende y que se hace cercano, interesado en alentar, aconsejar, apoyar, para que el hijo haga sus deducciones y saque sus conclusiones. En este sentido la maravillosa parábola del hijo pródigo del Evangelio es una bellísima y pedagógica enseñanza: el papá que espera el regreso, lo recibe con gozo, le otorga el perdón, que no humilla al hijo, que lo restituye en su dignidad. A veces el tiempo resulta el mejor aliado para el amor y en esto cuenta mucho el adagio mexicano: “en todo el modo”.
Es de recomendar mucho la oración. Tanto la de los papás —por ellos y por sus hijos— como la que van educando a hacer en familia y con la familia. Todos recordamos a nuestros papás cuando se oraba en el hogar. Tengo hermosos recuerdos de llegar a un templo cercano a nuestra casa habitación y encontrar a mi papá de rodillas orando… es una imagen para mí inolvidable.
La oración en que humildemente le pidan a Dios la gracia para ser buenos papás de testimonio, consejo y opinión. Algo que también puede servir mucho es que el papá alienta a enfrentar retos y desafíos —que vienen constantemente—, que es importante el valor con prudencia, la decisión con entereza, y la búsqueda de respuestas y soluciones para que no suceda que “problema que no se enfrenta, crece”. Lo mismo acostumbrarte a ser no solo persona de cuestiones, sino de soluciones.
San José es un modelo y ejemplo de papá con la Virgen María criaron y velaron por el niño, en la pobreza y despojo de la gruta de Belén, en la dura experiencia de la migración a Egipto, en la modestia y sencillez de la carpintería de Nazareth. Así era identificado Jesús: el hijo del carpintero de Nazareth. Actúa discreto, pero con la sabiduría de la oración y la Palabra de Dios. Jesús iba con María y José al templo y ahí se leían las Sagradas Escrituras, en la Sinagoga de Nazareth. Que él —San José— ruegue por todos nosotros especialmente los que son papás y tienen ante sí el desafío de educar a sus hijos.
Un papá debe ser maestro de vida, para toda la vida, pues Dios Nuestro Señor quiso “valerse de ti para darme la vida a mí”. Cada uno agradezca a su papá y ore con Cristo a su Padre para que Él lo bendiga: Padre bueno bendice a mi papá.
Amén.
+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo Emérito de Yucatán
