En algún momento de nuestra existencia, nos percatamos que estamos en la búsqueda de un camino, de un motivo, de un sentido para nuestra vida. A veces de manera consciente y otras simplemente tenemos la necesidad de transitar por nuevas rutas que nos lleven a lo que llamamos paz mental.
En ocasiones es necesario pausar y hacer un análisis profundo, pues en la desesperación de conseguir el placer inmediato cambiamos sentimientos reales por sensaciones rápidas como las que nos brindan el alcohol, el tabaco, las drogas, el sexo, el juego, entre otras cosas, que son un paleativo a muy corto plazo y terminan siendo los disparadores de estados emocionales más complicados.
Y es justamente aquí donde requerimos el acompañamiento profesional para ayudarnos a interiorizar hasta llegar a las causas que originan lo que llamaríamos los pensamientos autosaboteadores que nos impiden razonar de manera objetiva.
La psiquiatra, terapeuta y escritora española Marian Rojas Estapé afirma que la felicidad no es lo que nos sucede, sino la manera que interpretamos lo que nos sucede.
Pero para llegar a este punto, se necesita un trabajo continuo para alcanzar la inteligencia emocional, que en pocas palabras es la capacidad de reconocer las emociones tanto propias como ajenas y gestionar nuestra respuesta ante ellas.
No podemos elegir tener o no una emoción, ya que eso pasa al margen de nuestra voluntad, éstas son el puente entre el pensamiento y la acción, pero lo que sí somos capaces es decidir qué hacer con ellas.
Lo que dicta la inteligencia emocional es que es posible responder en lugar de reaccionar, consiguiendo de esta manera cambios positivos en nuestro entorno.
En estos momentos de mi vida participo como una observadora activa y ávida de conocer y reconocer todo el avance y la importancia que se está dando al conocimiento de la mente, para ir borrando las etiquetas y comprendiendo al ser humano como un todo pues en un sentido real tenemos dos mentes, una que piensa y otra que siente.
Y mientras logramos nuestros objetivos, seamos benevolentes con nosotros mismos, estamos haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos, pero lo que no se vale es quedarse atrapado en el fango de la apatía arrastrando a quien bien nos quiere.
Practica la responsabilidad afectiva que no se trata solo de reciprocidad, sino de honestidad, de respeto, de no herir los sentimientos y de saber que lo que no significa nada para ti para otro puede significar todo.
En la medida que conozcamos más sobre nosotros mismos seremos capaces de establecer vínculos sanos y a la vez límites que nos generarán un bienestar físico y mental.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
