MADRID (EFE).— La erupción del Vesubio en el año 79 después de Cristo es posiblemente uno de los desastres naturales mejor estudiados de la Historia gracias a los “calcos”, las figuras de yeso que han ayudado a reconstruir los últimos y agónicos instantes de vida de los que huían del volcán.
Ayer, un estudio internacional y multidisciplinar presentó un nuevo método no invasivo de análisis de restos humanos y materiales que afina las causas detrás de las víctimas de Pompeya: la mayoría, apunta el trabajo, habría muerto por la asfixia causada por las cenizas y los gases del volcán.
Pompeya, la ciudad más afectada por la erupción del volcán italiano, quedó sepultada por varias capas de ceniza volcánica que durante casi 2,000 años ocultaron los cuerpos de los habitantes de la ciudad. Con el tiempo se descompusieron dejando unos huecos o “vacíos” en la ceniza calcificada.
En la década de 1870, el arqueólogo Giusepe Fiorelli rellenó algunos de esos huecos con una mezcla de yeso y agua, y el resultado fue asombroso: conmovedoras y realistas esculturas que reflejaban cómo las víctimas habían muerto atrapadas por la erupción, los llamados “calcos”.
Desde entonces, muchos estudios científicos han utilizado los “calcos” para intentar averiguar si la causa de muerte de los pompeyanos fue la asfixia (por los gases del volcán) o la deshidratación corporal por las altas temperaturas, un controvertido y abrupto debate que sigue vivo entre expertos.
Los investigadores realizaron, por primera vez, un análisis químico no invasivo (utilizaron fluorescencia de rayos X portátil) en los yesos de siete individuos. El objetivo era determinar la composición elemental de los huesos y la del yeso usado para hacer el molde.
“Y es que dentro de los huecos de la ceniza volcánica calcificada también están algunas telas y los huesos de la víctima, que pueden estar contaminados por la cal”.
De hecho, “en la huida, algunos portaban sacos con sus enseres”, explica Gianni Gallello, investigador de la Universidad de Valencia y autor principal del estudio.
Los investigadores examinaron la cal y los huesos de estos siete individuos y los compararon con otros huesos quemados de Pompeya y la necrópolis Ostiense de Roma (del mismo período) y con huesos no quemados de la necrópolis islámica de Colata (en Montaverner, Valencia).
“Esta comparación, cruzada con datos antropológicos y de estratigrafía volcánica, nos permitió desarrollar hipótesis sobre lo que les había sucedido a esos siete individuos que escapaban de Pompeya durante la última fase de la erupción: murieron por asfixia y después quedaron cubiertos con material piroplástico a temperaturas muy elevada”, precisa Gallello.
“Cuando sus huesos sufrieron los efectos de las altas temperaturas por las olas piroclásticas y las corrientes de magma, las víctimas ya habían fallecido, probablemente por la inhalación de gases tóxicos”, dice a su vez Llorenc Alapont, arqueólogo de la Universidad de Valencia y primer firmante del trabajo.
La posición de las víctimas, relajadas o estiradas, algunas cubriéndose con piezas de ropa, refuerza la hipótesis de que las cenizas y los gases volcánicos causaron la muerte en segundos, no como en la población de Herculano, más próxima al Vesubio, donde sus habitantes fueron abrasados por ondas piroclásticas de más de 500 grados, concluye el estudio.
Pero más allá de cómo pudieron morir estas personas, apunta Gallello, “la ventaja de esta metodología es que ha permitido controlar la contaminación de los yesos en los calcos e identificar cuáles habían sido sometidos a temperaturas elevadas”.
“Ésta es la ventaja de esta técnica, que se trata de un equipo portátil que, con la ayuda de un modelo estadístico basado en colecciones de referencia, podría servir para saber si una muestra está afectada por contaminación o temperatura, y eso es muy importante porque no se ha hecho nunca y porque da las bases de un protocolo de actuación que se podría aplicar en estos yacimientos”, concluye.
