En un mundo donde la ética y la moral suelen ser relegados de los discursos y acciones de planeación, conviene reflexionar sobre el sentido real de la ética.
Debemos decir que la ética, al pertenecer a la filosofía, participa de las características de esta disciplina. Se encuentra en un lugar relevante en esta ciencia, dado que estudia la esencia de los actos humanos, tratando de esclarecer cuáles son sus características propias. A la ética también le interesa el estudio de los valores y, en especial, del valor moral.
La ética consiste en investigar las causas supremas de los actos humanos. Se trata de ver su conformidad con el bien, la perfección, los fines del ser humano.
Al ser una ciencia práctica, su método parte de principios y luego se va concretando hasta indicar lo correcto en la situación concreta.
En el plano de los principios, partimos de una primera fórmula que se puede expresar así: “El bien debe hacerse y el mal debe evitarse”. En torno a este principio existe un amplio acuerdo.
Luego, cuando comenzamos a precisar más las reglas para nuestra conducta, encontramos otros principios que se vinculan con las inclinaciones del ser humano.
Así, la ética se relaciona con normas objetivas, con las leyes y los estándares que ayudan a regir el comportamiento humano. Se puede sostener una ética objetiva siempre que se apoye realmente en los valores y no en las modas o costumbres de cada tiempo.
La mayoría de las veces hablamos de hacer cosas buenas, de por qué hay que hacer el bien. Pero, ¿qué es en definitiva el bien?
Para entender la noción del bien, de lo bueno, tenemos que comprender que hay inclinaciones comunes a todos los seres humanos que expresan las finalidades a las que tiende. La conservación de la propia vida es una inclinación. De allí que se pueda sostener que cuidar la vida sea un bien.
El bien, como tal, no depende del consenso. Si un grupo grande de gente propusiera que hay que matar a los recién nacidos que presentan graves malformaciones, ello no torna buena la conducta, ni siquiera si una ley lo aprueba. El bien no puede depender de una mayoría circunstancial.
Hay un conjunto de principios, un núcleo de bienes indisponibles, que son objetivos, que están más allá de las opiniones.
A veces se afirma que todo es bueno o que da lo mismo. Es una tentación permanente del ser humano, en la que cae especialmente el pensamiento relativista. Del relativismo actual que vivimos hablaremos en otro artículo.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, quien es coordinador diocesano de la Pastoral de la Vida
