CINCO DONCELLAS ERAN NECIAS…
En el texto del Evangelio de hoy encontramos varios símbolos de gran belleza, sobresaliendo el signo de la boda, un signo muy apreciado en todo el Antiguo Testamento, en especial en el texto de “El Cantar de los Cantares”. El amor de los esposos es considerado como el signo luminoso entre Dios y las personas. En tiempos de Jesús, al atardecer, el novio iba con sus amigos a la casa de la novia que lo esperaba acompañada de sus amigas; cuando él llegaba, se formaba una sola comitiva y todos juntos se dirigían a la casa del esposo en donde se celebraba el matrimonio y se comía el banquete nupcial.
El “sueño”, en el relato de hoy, alude al sopor espiritual, a la frialdad, al desinterés y al agotamiento del alma. El “estar vigilantes” representa la dedicación caritativa de la persona, el amor operativo e inteligente, como escribió san Pablo: “No durmamos como los demás, sino permanezcamos despiertos y sobrios” (1 Tes 5, 6).
Esa diferencia entre “sueño” y la “vigilancia” se sostiene por el simbolismo clásico de la noche y de la luz. La noche es el momento de la prueba, y la luz es vida, es Gracia, es Dios mismo.
Entonces, aquel grupo de muchachas esperan los primeros ecos de las voces y que se divisen las luces del cortejo del esposo; pero, la tardanza, aunque comprensible, extrañamente se prolonga y, por tanto, el sueño impide a algunas jóvenes ahorrar el aceite necesario para el cortejo final. Y, así comienza la pesadilla: carreras en la noche para encontrar un comercio abierto, ecos del cortejo del esposo que ya se acerca y progresivamente se aleja, la puerta del banquete cerrada con ruido sordo y definitivo, y la voz hostil y sospechosa del esposo.
Hay la esperanza de que la aurora traiga la luz; por eso la actitud vigilante abre las puertas del banquete para estar siempre con el Señor.
