“ESTE NIÑO ES SIGNO QUE PROVOCARÁ CONTRADICCIÓN”
Como Abraham rechazó el botín de guerra y las riquezas que le ofrecía el rey de Sodoma, Dios le aseguró una recompensa enorme: su protección: “Yo soy tu escudo”, y, si ha sido aliado de hombres, ahora lo será del Señor. Se entremezclaron tres promesas: un hijo, una gran descendencia y una tierra.
Por otra parte, a la vieja condición humana, descrita en una serie de vicios y pecados enumerados en los versículos anteriores, san Pablo contrapuso las exigencias de orden positivo que brotan del hombre nuevo en virtud de la salvación otorgada en la persona de Cristo.
En cuanto al texto del Evangelio, se trata de un hermoso texto lleno de símbolos que dejan entrever el encuentro del pueblo judío con el Mesías. San Lucas nos presenta a san José y a la Virgen María como a un matrimonio temeroso de Dios, piadoso, que observa los preceptos establecidos, incluso viviendo en Nazaret, en medio de gentiles. Por otra parte, en medio del Templo, corazón, eje y símbolo del judaísmo, aparecieron dos figuras ancianas, Simeón y Ana, a quienes Dios reveló el misterio del Niño que acogieron en sus brazos.
Así pues, en el centro de la celebración de hoy se encuentra la familia de Jesús. Es la historia de una familia cercana a nosotros y al mismo tiempo distante. Por la presencia de Cristo es inalcanzable, pero por su humanidad está cerca y se puede imitar.
En ese niño del que habla el relato del Evangelio de hoy está la salvación, es “la luz de los pueblos” y es “la gloria de Israel”, es decir, la presencia viva del Señor, cuya gloria resplandece sobre Israel.
Al concluir este año, te deseo, estimado lector lo mejor para tu vida espiritual.
