De romanticismo se empolvó nuestra Sinfónica. Un checo que amaba a su patria hasta el delirio, la apasionada y voluble técnica del virtuoso pianístico Franz Liszt cuando experimentaba el aguijón de compositor y una de las sinfonías de Schubert, otro Franz genial, pero prematuramente fallecido, dieron sustento estructural al segundo concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, (OSY).
Anteanoche, nuevamente en el Palacio de la Música, el cronista reencontró su viejo asiento en la última fila para escuchar las potencialidades en matiz y timbre del director huésped Luis Manuel Sánchez, aspirante al premio Grammy por su obra discográfica y hoy director artístico de la Orquesta de Cámara de Bellas Artes.
Creador checo
El recital, muy concurrido, dio inicio navegando en “El Moldavia”, homenaje al gran río de la antigua Bohemia, sección privilegiada del poema sinfónico “Mi Patria” con el que Bedrich Smetana, anciano y casi completamente sordo, compuso estremecido de nacionalismo como aportación a las luchas cívicas y políticas de su país contra el dominio austriaco.
La descriptiva pieza, con cierto aire de polka, nos conduce como sobre las siluetas y murmullos fluviales del amado río. Ilusoriamente contemplamos las praderas, los pinares, las lejanas montañas, los espléndidos meandros y los rápidos de san Juan que se convierten en amplísima corriente; contemplamos al paso una fiesta campesina, divisamos Praga, castillos medievales y otras venerables ruinas.
Sin lograr la proyección ideal del movimiento dinámico, la versión ofrecida por Sánchez fue decorosamente aceptable en su balance colorido y resultó reconocida por las palmas del público.
De inmediato pasamos a otro mundo, el de Liszt, a quien el biógrafo Alan Parker califica de “fenómeno” del espectáculo para el gran público —nobleza, burguesía y gente llana— comparable con los modernos sitiales de un Michael Jackson o los Beatles.
Era un “dandy” el narigudo compositor húngaro. Seguirlo en el uso mercurial de su piano era una ardentía para audición y vista.
Pianista excelso, muy dado a poses y follajes de grandeza, una vez que se ordenó sacerdote y encontrara acomodo en la corte del principado de Weimar, dio rienda suelta a su deseo irreprimible de imitar la grandiosidad de Beethovencon obras orquestales.
Ahora bien, sabedor de sus limitaciones y queriendo ofrecer algo nuevo inicia la moda del “poema sinfónico” como un solo gran movimiento, descriptivo de sensaciones, propulsor de la emoción, a partir —según los entendidos— de variaciones y combinaciones rítmicas y melódicas que podían lucir sorpresivas y caprichosas, aunque con un tema nuclear. El más famoso de los trece poemas es “Los preludios”, el tercero, que se basa en unas meditaciones del poeta Alfonso de Lamartine y que combina cuatro ideas: destino, amor, esperanza y muerte.
Forman el poema un preludio con un breve andante majestuoso que enfatizan el tema nuclear que se repetirá en muchas ocasiones y tres Allegros (tempestuoso, pastoral y marcial) en el que pretende el autor que consideremos la vida como un cántico que conduce al final de la vida con plenos altibajos de ternura y desesperación, de paz e inquietud, con presencia impetuosa o serena de todas las secciones.
Hay bellos cromatismos de cuerda y el autor, ebrio de sonoridades, no limitó las percusiones en el combate vitalista del allegro marcial. La lectura de nuestra orquesta y el sr. Sánchez fue correctísima y elocuente.
Cierre con el poeta
Finalizó el concierto con otro romántico, el tímido y sumiso (a su padre, a sus amigos, al que fuera) Schubert del que tuvimos la suerte de escuchar —en versión prudentísima y eficaz —la posiblemente más bella de sus sinfonías: la No. 5 en Si Bemol Mayor que sólo se ejecutó públicamente hasta treinta y seis años después que la sífilis matase al genio tras dejarlo semicalvo y sin dientes.
Aunque su vocabulario propio está presente, sobre todo en esos sus silencios mágicos, es el espíritu de Mozart el que flota como un embeleso en el arco iris de cuatro movimientos, de los cuales el primero (Allegro) con su gracia adolescente y el tercero (Minuetto) brillante en los alientos, seducen con mayor presteza. En el segundo, nos agradó el tratamiento del dúo de cuerdas y alientos con silueta campirana. Los aplausos cayeron sin tapujos. Muy merecidos.— Jorge H. Álvarez Rendón



