Un caballo galopa con los pulmones, sigue con su corazón y gana con su carisma —Tesio

En mis dos últimos “Renglones” he comentado la importancia que tiene este animal para el ser humano y para la evolución del mismo. En este último haré un resumen sobre los anteriores:

Como sabemos, el caballo tiene una extraordinaria participación en la historia de la evolución pues, aunado a su inteligencia, fuerza y velocidad, es un constante amigo y es y ha sido, a través de los siglos, una gran ayuda para el hombre.

El primer antepasado del caballo actual era una diminuta criatura, no mayor que un zorro, lo que después de millones de años cambió de modo drástico, apareciendo el primer caballo prehistórico, que empezó a mostrar semejanza con el actual.

El hombre, a través de la selección de razas, ha conseguido el caballo moderno apto para tareas específicas, cambiando, con ello, su aspecto y su temperamento.

Una de las características más importantes del caballo es la velocidad, lo que lo convirtió en mitológico, siendo Pegaso el caballo alado de los griegos.

El empleo del caballo por parte del hombre ha afectado al desarrollo de la humanidad y de las naciones más que cualquier otro factor. La antigua palabra del sánscrito para designar a la rapidez es “asva”, y así denominaban los mesopotámicos al caballo. El “equus” griego fue tomado de la palabra “acer” que también significa velocidad. Vemos, por tanto, que desde un principio el hombre supo interpretar la característica más valiosa del caballo, o sea, la velocidad.

Nadie sabe cuándo el hombre adiestró por vez primera a los caballos. Según datos consultados, la información más antigua que poseemos fue grabada en cinco tablillas de piedra por el jefe de los establos del rey de los hititas en Mitannis, Asia Menor, en el año de 1400 antes de Cristo. Estas tablillas explican con detalle cómo eran seleccionados, domesticados y adiestrados los caballos del rey.

Según los historiadores, a juzgar por los conocimientos, evidentemente fruto de la experiencia que exhiben estas tablillas, se nota que el adiestramiento sistemático del caballo debió de haber sido estudiado muchos siglos antes de la época de ese rey. Más adelante el escritor griego Jenofonte escribió el primer libro que poseemos acerca del entrenamiento de caballos y jinetes.

Jenofonte, que vivió alrededor del año 400 antes de Cristo, tuvo alta influencia en la enseñanza del animal pues los griegos, con su conocimiento, adiestraron a sus caballos con firmeza no exenta de afecto, logrando que sus monturas alcanzaran alto nivel de perfección. Todo lo contrario ocurrió con los romanos, que no invirtieron largas horas para enseñar a un caballo a obedecer de buena gana, y en cambio usaron duros bocados, agudas espuelas y látigos para conseguir resultados. No les interesaba que la actuación del hombre y caballo pudiera compararse con el arte y la gracia de la danza como había escrito Jenofonte. Solo les preocupaban las carreras de cuadrigas, en las que se precisaban fuerza y valor.

Sin embargo, por considerable que fuese el adiestramiento de estos animales, no puede compararse con lo que se aplica a los caballos de nuestro tiempo, que responden con efectividad y vigor increíbles a la dirección de cualquier caballista en cualquier disciplina o deporte en el que se haya involucrado el caballo.

El caballo ha dejado de ser esencial en la guerra, la agricultura y el transporte. Sus dos principales actividades actuales son el deporte y el recreo. La charrería, el polo y el deporte de las carreras hípicas requieren la cría de mayor numero de caballos que en cualquier otra época anterior.

El valor que el caballo representa para la raza humana ha quedado bien plasmado en la frase pronunciada por el protagonista de un libro, quien dijo: “Hay algo en el aspecto exterior del caballo que es apto para el interior de hombre”.

Fuente: libro de Margaret Cabell Self.

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