Me detuve y me abracé fuerte junto con todos mis sentimientos para intentar volverme de nuevo un todo, experimentando de manera consciente cada emoción que se iba haciendo presente.
Dejé pasar la tristeza a casa, solo para demostrarle que no tiene cabida y la despedí sabiendo que de vez en cuando volvería a visitarme y que de igual manera no la ignoraría, pero tampoco le ofrecería una silla donde sentarse.
El miedo me esperó detrás de los muros y me miró de frente. Yo fijé mi vista en él, sintiéndolo en todo mi ser y después de un rato lo acompañé a la salida con paso firme y deseando no volverlo a ver. Pero suele ser imprudente y es de los que regresan sin invitación.
La ira se presentó sin previo aviso, desordenando todo a su paso, causándome un enorme escozor que fue disminuyendo en cuanto la paz tomó el control de la situación, obteniendo la victoria momentánea y atenta a cualquier señal de tormenta.
Después me acompañó la alegría, a veces en forma de carcajadas y otras de manera más sutil. A ella le rogué que no se fuera, pero me respondió que si se quedaba para siempre yo no sería capaz de apreciarla como el bálsamo para el alma que es, sin embargo me conminó a no perderla de vista, aun cuando otras sensaciones se presenten.
Y es desde entonces que cada lágrima, cada pena, cada enfado van precedidos de la curva de una sonrisa en mi rostro, a veces más pequeña, a veces más grande, pero siempre con la intención de retenerla.
Porque hoy creo que una actitud agradecida, una palabra dulce, un silencio cauteloso tienen el poder de reconstruirnos en medio del caos, uniendo cada pieza de nuestro ser y haciéndonos conscientes de que las cicatrices del alma son la huella de batallas —que ganadas o perdidas— ciertamente fueron bien libradas.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
