“TAPÁNDOLE LA CARA LO GOLPEABAN”
Hoy se proclama el episodio de la Pasión y Muerte de Jesús. Él no se defiende, calla; y Pilato se admira de su silencio. Jesús calla porque sabe que ha llegado “su hora”, porque sabe que tiene que morir para que se cumpla la voluntad de Dios Padre. Pilato quiso desembarazarse de todo este asunto, pero eligió un mal camino: abandonó el terreno de la estricta justicia y entregó su voluntad y la suerte del reo (Jesús) al capricho de la gente.
San Marcos parece suponer que, aprovechando la amnistía pascual, habían acudido ante el pretorio un grupo de zelotes a pedir la libertad de Barrabás. No era este hombre un vulgar ladrón, sino un zelote, un nacionalista que había asesinado a un hombre en una revuelta contra los romanos.
Pilato propuso a Jesús Nazareno como candidato para la amnistía, pero el pueblo eligió a Barrabás, a su héroe nacional. Jesús era inocente y el Inocente venía a morir en lugar de todos los culpables, en solidaridad con todos los que padecen persecución por amor a la justicia.
También el título de su condena: “Jesús Nazareno, rey de los judíos” es todo un símbolo de cómo se politiza, indebida pero quizá inevitablemente, el proceso y el asunto de Jesús.
Ante la secuencia de hechos que escuchamos hoy, vemos que prevalecen el dolor y la muerte, pero Dios entra en nuestras coordenadas trágicas y cotidianas, modestas y terribles para sembrar la chispa del infinito y de la salvación.
En el Calvario, ante Cristo muerto, un extranjero proclamó la perfecta definición de Jesús: “¡Verdaderamente éste es Hijo de Dios!”.
