El historiador Víctor Arjona Barbosa habló de los misterios que rodean todavía la muerte del obispo Juan Escalante y Turcio de Mendoza
El historiador Víctor Arjona Barbosa habló de los misterios que rodean todavía la muerte del obispo Juan Escalante y Turcio de Mendoza

“La Historia es la maestra de la vida”. Con esta cita del filósofo romano Cicerón, el historiador yucateco Víctor Arjona Barbosa recuerda que el desconocimiento de los orígenes y las raíces de un pueblo, su desapego a la Historia o la pérdida de su memoria, lo condenan a repetir los mismos errores del pasado una y otra vez.

La historia del Yucatán colonial es rica en hechos, sucesos, acontecimientos y personajes que le dieron matiz, textura y forma a lo que hoy somos y nos da identidad, conocerla y adentrarse en la misma nos da la oportunidad de comprender mucho de lo que aconteció entre la conquista y la independencia de la Península hace poco más de 200 años.

El obispo Juan Escalante y Turcio de Mendoza pasó a la Historia no solo como el XVII obispo de la Diócesis de Yucatán, sino también por ser un recalcitrante defensor de los indígenas de estas tierras y que en ello se hizo de muchas enemistades, se dice que hasta dentro de la propia Iglesia, y que alcanzó su matiz más siniestro en las poco claras circunstancias de su repentina muerte, hasta la fecha considerado todo un enigma que no ha podido ser descifrado.

“La muerte de Escalante y Turcio de Mendoza es uno de esos enigmas de la historia del Yucatán colonial que hasta hoy no tiene respuesta y siembra muchas dudas: ¿Por qué de la repentina muerte del personaje?, ¿Quiénes se beneficiaban con su muerte?, ¿Por qué?, ¿Qué lo mató? Hasta hoy solo existen algunas hipótesis pero nada en concreto, eso es lo que da a este hecho el halo de misterio que hace por demás interesante conocer las circunstancias en las cuales desarrolló su labor pastoral y apostólica el obispo”, señaló el entrevistado.

Juan Escalante y Turcio de Mendoza nació en Andalucía en 1610 y murió en Umán, Yucatán, en 1681; vivió 71 años y fue el XVII obispo de Yucatán.

Obtuvo grados de Filosofía, Teología y Derecho Canónigo. Fue ordenado sacerdote y después de algunos cargos eclesiásticos, en octubre de 1654 (a los 44 años de edad) el rey Felipe IV lo promovió al cargo de Arcediano (Dignatario Catedralicio y principal diácono) de la Catedral de Mérida de la diócesis de Yucatán, de la cual más tarde fue designado deán (canónigo presidente del Cabildo catedralicio).

El arzobispo de Yucatán Luis de Cifuentes le encargó funciones de provisor y vicario general, que le trajeron querellas y disgustos por evitar abusos contra los indígenas.

“En aquellos años, los eclesiásticos representaban la única defensa de los indígenas contra la explotación y los abusos de hacendados, comerciantes, autoridades e inclusive algunos miembros del clero, no era extraño que hubiera continuos roces, desacuerdos y discrepancias entre unos y otros”.

Fue nombrado arzobispo de Santo Domingo (hoy República Dominicana) de 1674 a 1676. Cuando supo de la muerte del obispo Cifuentes, solicitó ocupar la diócesis vacante y fue nombrado arzobispo de la provincia de Yucatán de 1677 y 1681 (67 y 71 años de edad).

“Al alcanzar la más alta investidura eclesiástica en la Península, pronto comenzó a causar molestia entre aquéllos que explotaban y abusaban de los indígenas, por lo cual se enemistó con muchos que vieron afectados sus intereses por la intromisión del obispo Escalante y Turcio”, acotó Arjona Barbosa.

Tras recorrer la provincia de Tabasco, perteneciente a la diócesis de Yucatán, falleció repentinamente en la villa de Umán el 31 de mayo de 1681. Su cadáver fue trasladado a Mérida y sepultado en la Catedral.

“Lo repentino de su muerte, tratándose de un hombre que gozaba de cabal salud, es lo que añade al hecho el gran misterio que ha prevalecido; lo último que se supo de manera oficial es que había fallecido en Umán luego de haber almorzado y que su cuerpo fue sometido a una autopsia, que a final de cuentas terminó sin arrojar nada en concreto”.

“Las técnicas de la medicina forense de los tiempo de la Colonia no eran precisamente las más avanzadas y confiables, pocas veces se llegaba a una conclusión satisfactoria de las causas del deceso pero no en este caso, pues no se encontró nada, ni un indicio que arrojara luz sobre el misterio, o al menos eso fue lo que se hizo público; no olvidemos que es un caso de finales del siglo XVII”.

Las teorías

Juan Francisco Molina Solís, historiador yucateco de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, se refiere al hecho pero no ofrece más detalles que pudieran llegar a algo concreto. Sus señalamientos se sustentan en un periódico científico y literario: “Museo Yucateco” de San Francisco de Campeche, publicado entre 1841 y 1842 y editado por Justo Sierra O’Reilli, que llegó a consignar que, según vieja conseja y bajo reserva por carecer de evidencia científica e información documental fidedigna, habría sido envenenado.

Lo anterior se desprende por el hecho de que las autoridades de entonces dispusieron una autopsia, la cual solo se solicita en casos de extrema duda en torno a las causas de una muerte.

Al parecer Eligio Ancona, maestro, abogado, novelista, historiador, dramaturgo, periodista y político del siglo XIX, ofrece más elementos para tratar de explicar lo sucedido con el obispo Escalante y Turcio.

Para Eligio Ancona queda claro que la condición de humanista y defensor a ultranza de los indígenas, primero como vicario de la diócesis y más tarde como obispo de la misma, causó gran malestar en algunos sectores de la sociedad yucateca.

Sin embargo existe otra situación: como obispo llegó a tener roces con algunas de las circunscripciones franciscanas de la época que realizaban su labor en suelo yucateco. Según se dice, algunos frailes no se apegaban del todo al voto de pobreza que habían jurado cuando se ordenaban, tenían posesiones que no les correspondían e incluso, en lo más álgido de esta “crisis” el superior franciscano de la provincia ordenaba a sus frailes que no entregaran a la diócesis, obispo y sus dignatarios, ornamentos ni vestiduras utilizados en las celebraciones litúrgicas.

Cuando muere el obispo Juan Escalante y Turcio de Mendoza, el 31 de mayo de 1681, los hechos ocurren luego del viaje que éste realizó por Tabasco e hizo una escala en Umán, ya cerca de Mérida, para almorzar.

Eligio Ancona consigna que este día, alguien a quien este personaje le estorbaba en sus asuntos, pagó al cocinero en turno 500 pesos de la época para que envenenara al obispo haciendo que pareciera una muerte natural.

Otro conocedor yucateco, Carlos Loret de Mola Mediz, da cuenta de la muerte del XVII obispo yucateco, pero no ofrece mayores detalles de la causa del deceso, de modo que la versión de Eligio Ancona es la que ahonda un poco más pero sin llegar a nada concreto.

Las posibilidades de averiguar la causa y asesinos materiales e intelectuales son casi nulas a falta de documentación.

Para Víctor Arjona Barbosa, la enseñanza de esta historia se centra en el poder desmedido de algunos y la lucha de otros por hacer que prevalezca la justicia y el estado de Derecho; entonces como hasta ahora, la acumulación del poder provoca la corrupción de las conciencias y las personas. Prueba de ello es que muchos están dispuestos a lo que sea por aferrarse a sus intereses, lo cual es una lección digna de reflexionarse.— Emanuel Rincón Becerra

De un vistazo

Vidrio granulado

Se cree que la muerte del obispo Juan Escalante y Turcio de Mendoza fue causada por el cocinero, quien habría utilizado polvo de vidrio finamente granulado para añadir al alimento de éste y que muriera por las hemorragias internas producidas por la ingesta del mismo. La historia, que bien nos habla del uso del vidrio como arma homicida, no nos dice cuál fue el menú del día ni cómo fue que la autopsia no arrojó nada de los daños al interior del cuerpo de Escalante y Turcio.

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