“VENGAN CONMIGO…”
Una vez que regresaron los discípulos de la misión, Jesús les invitó a retirarse a descansar en un lugar solitario, en Betsaida, donde fueron los discípulos después de la primera multiplicación de los panes. Este descanso en la soledad con el Maestro está relacionado con la formación de los apóstoles que necesitaban familiarizarse con la Palabra de Dios que habrían de anunciar a todo el mundo.
Pero el plan del Maestro se vino abajo: la multitud caminó por la orilla, y después de atravesar el Jordán (que no era por allí ningún obstáculo insuperable), se adelantaron a recibir a los que iban en barca; sin embargo, Jesús no apareció contrariado al descender de la barca con sus discípulos y ver a la multitud que se había reunido para esperarlo. Más bien se compadeció al ver que andaban desorientados, como ovejas sin pastor.
El objeto de la compasión de Jesús es la miseria espiritual del pueblo, por eso comenzó a enseñar a la gente. El milagro que hará en ese mismo lugar, la multiplicación de los panes y los peces y su reparto entre las multitudes hambrientas, será la señal del comienzo de una vida abundante para el pueblo que recibe y practica su palabra: “El que cree vivirá para siempre”.
Aquella gente del relato evangélico de hoy, más que pan para saciarse y asombrarse de las curaciones, tenía necesidad de una voz que las animara, de una palabra que las moviera a la esperanza, de una persona que las amara.
