Julia Navarro (segunda de la derecha) con la ministra de Defensa de España, Margarita Robles; el expresidente Felipe González y la presidenta ejecutiva de la editorial Penguin Random House, Núria Cabutí, en Madrid
Julia Navarro (segunda de la derecha) con la ministra de Defensa de España, Margarita Robles; el expresidente Felipe González y la presidenta ejecutiva de la editorial Penguin Random House, Núria Cabutí, en Madrid

MADRID (EFE).— Julia Navarro, quien dedica su nueva novela al desarraigo, lamenta que, en contraste con la respuesta que la sociedad está dando a la acogida de inmigrantes, la clase política sea la que no lo haga y la que ha convertido esta cuestión “en un arma arrojadiza”.

“El niño que perdió la guerra” es el título de la más reciente novela de Navarro, cuyos libros se han publicado en una treintena de países, y en la que aborda las ideologías totalitarias del siglo XX a través de la historia de Pablo, un niño español que es enviado a la Unión Soviética en los últimos días de la Guerra Civil en contra de la voluntad de su madre.

Con esta novela habla del desarraigo que sufrieron los llamados “niños de la guerra” y que ahora ve en las miles de personas que llegan a Europa “huyendo de guerras, de situaciones de violencia y de miseria”.

Navarro destaca el papel de las organizaciones no gubernamentales que están trabajando con los inmigrantes y las iniciativas solidarias de la “gente de a pie”, mientras se pregunta qué están haciendo los políticos.

En su opinión, la Unión Europea tiene que hacer una revisión de sus políticas: “Hay que plantearse qué relaciones tenemos con esos países de origen, las inversiones que se están haciendo allí y saber si llegan a los ciudadanos, siempre desde el derecho absoluto de los derechos humanos. Y con otra premisa, que es que no hay seres humanos ilegales”.

Los personajes de su novela, ambientada en Moscú y Madrid, viven en dos dictaduras, la soviética y la del franquismo. “Las dictaduras da lo mismo de qué color se pinten, de rojo, de azul, al final es lo mismo, es la negación de la libertad”.

Dos regímenes que niegan “la libertad de expresión, la libertad de creación, casi la libertad de pensamiento”, señala la escritora.

“A veces creemos que aprendemos de lo que es el pasado, pero no es verdad. La Historia siempre se repite y lo estamos viendo ahora”.

Porque, aunque se llamen neopopulismos, a Navarro le preocupa el auge de partidos extremistas de derechas e izquierdas surgidos tras la crisis económica de 2008. “Me preocupa muchísimo porque es muy fácil deslizarse por ese camino. Vemos también que incluso en el seno de Europa hay regímenes ya autocráticos, que es la antesala del totalitarismo”, advierte.

En la novela homenajea a creadoras que se opusieron al totalitarismo, como Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, y no siguieron dictados de organismos como la Unión de Escritores soviética, en la que unos autores dictaminaban “cuál era la verdad oficial y lo que se podía o no se podía escribir”.

Por eso le pone los pelos de punta que se hable de regulaciones de la libertad de expresión que, dice, solo debe limitar la difamación y las mentiras, para que en esos casos se pueda acudir a los tribunales. “Que haya gente que, además de que sea de nuestra propia profesión, decida qué podemos escribir o qué podemos decir o qué podemos contar, me parece realmente una de las señas de identidad del totalitarismo”.

De un vistazo

Totalitarismo

“Que haya gente que, además de que sea de nuestra propia profesión, decida qué podemos escribir o qué podemos decir o qué podemos contar, me parece realmente una de las señas de identidad del totalitarismo”, advierte Julia Navarro, autora de “El niño que perdió la guerra”.

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