“VEN Y SÍGUEME”
El joven del Evangelio de hoy muestra admiración nada común por Jesús y un respeto hacia su persona, pero no un reconocimiento de su dignidad mesiánica y mucho menos de su divinidad. Para este joven rico Jesús es un simple hombre; por eso Jesús le advierte que solo Dios es bueno, que en sentido propio y absoluto solamente a Dios se le debe llamar “maestro bueno”.
Jesús respondió a la pregunta del joven y le citó los Mandamientos, señalando, a modo de ejemplo, únicamente los que se refieren a los deberes para con el prójimo. Este joven sería un idealista que no se conformaba con las normas generales de la Ley; un “su sinceridad y su honradez merecieron que Jesús le mirara con complacencia y con amor”.
Jesús le propuso que, en vez de pasarse la vida haciendo limosnas, las hiciera todas de una sola vez y que le siga. Porque, más allá del cumplimiento de todos los mandamientos de la ley de Dios y de la ayuda practicada a los pobres, está el camino del seguimiento de Cristo. Dejar las riquezas es importante, pues el hombre queda libre para seguir al Señor.
No se trata, pues, de una renuncia masoquista que suponga un desprecio pietista por los bienes materiales porque Jesús no pide “tirar al mar todo lo que uno tenga”, sino que Jesús pide que la victoria sobre la fascinación de las cosas y del “tener” se tenga en el donar y en el “ser” gente libre y generosa. Porque lo que se dona se lo vuelve a encontrar más enriquecido y ampliado.
