“¿CONQUE TÚ ERES REY?”
La cultura y la política modernas son democráticas y estamos muy lejos de las monarquías. Quizá por ese motivo la fiesta de Cristo Rey no sea comprendida suficientemente ni aceptada por muchas personas. Sin embargo, la liturgia nos pone hoy frente a esta fiesta de Jesucristo como “Rey del Universo” al final del año litúrgico: para “que toda lengua proclame que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre”.
Esta es la consumación de la fe cristiana: dar testimonio del señorío de Jesucristo, el único dueño de nuestras vidas, el que nos conduce a la plenitud. Todo otro señorío es secundario, pasajero y, a veces, idolátrico. El reinado de Cristo no es la imposición de una forma de gobierno en la sociedad; es el afianzamiento de la fe en Cristo Jesús, el único que salva.
Así se lo dejó claro Jesús a Poncio Pilato: “Mi reino no es de este mundo… Yo he venido para dar testimonio de la verdad”. Es Reino de justicia, de amor y de paz.
Jesús afirma que su realeza viene de lo alto (Jn 3, 13), por lo tanto no fue peligro para Roma; pero también delimita el sentido profundo de su reinado que se hace realidad por medio de la verdad, cuyos súbditos son los que están siempre por la verdad.
Así pues, mientras que para los evangelios según san Marcos, san Mateo y san Lucas el tema del reino es central en la enseñanza de Jesús, para san Juan adquiere un realce particular solo al final de la existencia terrena de Cristo, en donde la realeza de Cristo aparece varias veces.
Es el caso de la escena del Evangelio de hoy que tiene por protagonista —con Jesús— al procurador romano Pilato. El clímax de este diálogo está en la afirmación de Jesús: “Vine al mundo para dar testimonio de la verdad”.
