“VELEN Y HAGAN ORACIÓN”

En la antigua comunidad cristiana había un verdadero deseo por el retorno de Jesús. La oración común que recitaban todos era: “Ven, Señor Jesús”. Con el tiempo fue desapareciendo ese deseo y hasta la esperanza se fue marchitando. ¿Por qué? Porque para muchos creyentes la segunda venida del Señor tendría un sentido judicial: el Hijo del hombre vendría como Juez y eso produce un cierto miedo.

Se olvidó aquella afirmación de Jesús: “Entonces vendrá el Hijo del hombre con poder y majestad… ¡Levanten la cabeza porque se acerca la hora de su liberación!”. Es cierto que se anuncia un juicio final sobre la vida, pero no será una sentencia pronunciada por un juez terrible. Será una especie de autoevaluación de la propia vida a la luz de la infinita misericordia del Redentor.

Jesús exhorta a la vigilancia. Vigilar es estar atentos a lo verdaderamente importante y decisivo, a la venida del Señor. El que vigila, está siempre en pie y dispuesto a cumplir la voluntad de Dios; vive en el mundo de puntillas, tenso por la esperanza y constante en la oración. ¿Qué otra cosa es orar, permanecer vigilantes en la oración, que estar abiertos y dispuestos a recibir la sorprendente venida del Señor? Los que así viven no tienen nada que temer.

La reflexión, pues, que Jesús nos propone hoy se dirige al corazón del tiempo, a su valor profundo, a su sentido último. Para el discípulo de Jesús, vivir día tras día es como estar siempre en espera de una gran sorpresa. El tiempo es como un cofre que contiene lo eterno.

El discípulo está en espera del futuro con seriedad, pero no con terror. Él vive por amor y no por miedo. La espera del momento final debe nacer del amor, no de una pesadilla.

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