Dios es Dios y no necesita de nada. Por eso, todo lo que crea lo hace por amor y para el amor. Ha creado a los seres que existen para que vivan y sean felices. Dios no creó ni la muerte, ni el mal, ni la enfermedad. “La muerte entró en el mundo por causa del pecado” (Rom. 5, 12). Somos parte de una humanidad herida por el pecado, pero ya ha sido redimida con la muerte y resurrección de Cristo. Ahora, solo esperamos el regreso glorioso de Cristo, quien vendrá a establecer su Reino definitivo, ese Reino de paz, amor y justicia que cada día está más cerca. Mientras tanto, vivimos cada día una dura batalla contra el poder de las tinieblas. Esta batalla comenzó en los orígenes del mundo, cuando el enemigo convenció con sus mentiras a los primeros hombres, haciéndoles creer que serían como dioses si comían de la única fruta prohibida. El resultado fue la pérdida de la felicidad. Con esas mismas mentiras, el maligno continúa engañando a la humanidad, haciéndole creer que con el desarrollo de la ciencia y la técnica podrán llegar a ser como dioses. En 1931, el Papa Pío XI dijo: “Por primera vez en la Historia, asistimos a una lucha fríamente calculada y prolijamente preparada del hombre contra todo lo que es divino”. Es la lucha del hombre que pretende usurpar el lugar de Dios y construir una sociedad sin Dios. Pero, sin Dios como referente, la dignidad del hombre se destruye y se desatan fuerzas destructivas que pronto el mismo hombre ya no puede contener. Recordemos en qué acabó el intento de edificar la torre de Babel. Estamos viviendo momentos especialmente difíciles, pero no estamos solos. Dios tiene en sus manos las riendas de la Historia y, a pesar de lo que vemos, Él va construyendo su plan día con día. En la construcción de este plan tiene un papel preponderante la Santísima Virgen María.

Como dice San Luis María Grignion de Montfort: “Si Dios quiso que Jesucristo viniera al mundo por medio de María, es también por medio de María que reinará Jesús en el mundo”. Ella es la obra maestra del Todopoderoso. Ella es el paraíso terrenal en el que Jesús tomó carne por obra del Espíritu Santo. Y, aunque su humildad es tan grande que su vida fue una vida oculta, al encontrarse con su prima Isabel se vio obligada a proclamar en el Magnificat: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de gozo… pues ha hecho en mí cosas grandes y maravillosas el que es Todopoderoso…”.

El Hijo de Dios se hizo hombre para salvarnos y lo hizo en María y por María. Por eso, Dios Hijo ha querido hacerla tesorera de todo lo que su Padre le ha dado en herencia. Ella es el canal misterioso por el que llegan a Jesús nuestras peticiones y por el que fluyen las gracias y la misericordia de Dios. Por el “sí” de María comenzó la salvación del mundo y, por Ella, deberá consumarse. Ella es la mujer de la promesa del Génesis: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la de ella, y Ella te aplastará la cabeza mientras tú tratarás de morder su talón” (Gn. 3, 15), dijo Dios a la serpiente después de la caída en el paraíso.

La Virgen María es también la mujer del Apocalipsis: la mujer vestida de Sol, con la Luna bajo sus pies y una corona de estrellas. Dios ha puesto tal enemistad entre María y la serpiente que ésta le teme más a Ella que a todos los ángeles, porque sabe que Dios le ha dado poder para aplastarle la cabeza.

Fue a esta hermosa, santa y poderosa María a quien Dios envió a liberar estas tierras mexicanas de la dolorosa esclavitud en la que se hallaban por haber creído en las mentiras del maligno. Es a Ella a quien nuestro San Juan Diego extasiado le dijo: “Señora y niña mía, la más pequeña de mis hijas…”. Aunque Ella es la mujer más humilde, pura, bondadosa y misericordiosa, sabe cómo guiar todo un ejército para lograr grandes victorias, como lo ha hecho tantas veces a lo largo de la Historia: lo hizo en nuestra tierra mexicana en 1531, lo hizo en Lepanto en 1571, en Austria en 1955 mediante el rezo del rosario, en Portugal en 1975, de nuevo mediante el rezo del rosario; en Manila en 1986 y la lista es interminable.

Ella dice las cosas con dulzura y suavidad… y si le obedecemos consigue maravillas. Dice San Luis María: Ella es más poderosa que un ejército en orden de batalla. México nació con Santa María de Guadalupe. Su aparición en 1531 logró el admirable efecto de reconciliar y fundir dos razas bajo una misma fe católica, un privilegio muy grande. Pero, por eso mismo, la historia de México ha sido desde el inicio una guerra casi sin tregua de las fuerzas del maligno contra Jesucristo y su Madre Santísima. Ella puso su casa entre nosotros para que México cumpla su destino “de ser luz para todas las naciones”, al inicio de la gran batalla final, que culminará con la victoria de la Mujer, el retorno glorioso de Cristo y la renovación del orden cósmico y humano. Por ahora, el príncipe de este mundo se siente muy poderoso porque nosotros le hemos dado poder con nuestros pecados, con nuestras omisiones, con nuestro silencio y con nuestra apatía. Olvidamos fácilmente que estamos en guerra, que no podemos distraernos y que no debemos tener miedo porque Ella está con nosotros.

Volvamos al primer amor: “Sin embargo, tengo contra ti que has abandonado tu primer amor. ¡Recuerda de dónde has caído! Arrepiéntete y vuelve a practicar las obras que hacías al principio. Si no te arrepientes, iré y quitaré de su lugar tu candelabro” (Ap. 2, 4-5).

A solo 15 días de la estampación de la imagen de la Santísima Virgen en la tilma de Juan Diego, durante el traslado del ayate a la primera ermita, la Santísima Virgen se manifestó como guía y Reina soberana, al unir por primera vez en una misma fiesta dos razas, dos pueblos que estaban hasta ese momento en gran conflicto, y manifestó además el primer milagro público cuando, a su paso, resucitó a un indígena herido accidentalmente por una flecha.

En 1629, durante la larga y más grave inundación de Ciudad de México, su imagen fue llevada en canoa a lo que hoy es la sacristía de la Catedral de México, donde permaneció hasta 1634. El pueblo no cesaba de agradecer su protección.

En 1737 se propagó en el centro de México la terrible peste del Matlazáhuatl, que duró tres años. Se hicieron toda clase de novenas, rezos y rogativas, pero la peste solo cesó el día que la Virgen de Guadalupe fue proclamada Patrona de la Nueva España.

El 14 de noviembre de 1921, un hombre puso una bomba dentro de un arreglo floral a los pies del altar donde se encontraba la imagen bendita. La explosión se sintió en cuadras a la redonda, el piso del altar se levantó, el Cristo de hierro y bronce sobre el altar se dobló, pero a la imagen bendita nada le pasó, ni siquiera se rompió el cristal que la cubría.

Poco después de la Revolución Mexicana y de la persecución religiosa que dio lugar a la Guerra Cristera de 1926 a 1929, en México se empezó a implantar un régimen comunista y ateo. Ya había odio entre obreros y patrones. Cuando parecía todo perdido, fue de nuevo Ella quien nos libró de ese mal, cuando arrepentidos sus hijos mexicanos levantaron la vista hacia su Madre y se fortalecieron con el recuerdo del milagro Guadalupano.

Al constatar este gran triunfo, alguien exclamó: ¿Qué no saben acaso que es imposible luchar contra la Reina de México porque jamás se dejará vencer? Que estas palabras nos fortalezcan y nos devuelvan al primer amor.

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