“¡BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES…!”
El encuentro es más que la presencia física de dos personas, porque es entrar en relación y comunicación personal, con una empatía intensa. A María e Isabel la empatía les viene dada porque ambas comparten la experiencia de la intervención de Dios en sus vidas. El Espíritu Santo hizo el milagro en una estéril y en una virgen. Ambas tuvieron mucho que comunicarse, de modo que su encuentro tocó y llegó hasta lo más profundo de su ser: la experiencia de fe, la experiencia de Dios.
Encuentro como éste tienen una enorme importancia en las personas. Isabel quedó llena del Espíritu Santo y el niño saltó de gozo en su seno; a Isabel le suscitó un grito de alabanza y de agradecimiento por la presencia de su prima la Virgen María. Y hasta se atrevió a asegurar el cumplimiento de las promesas que se le hicieron a María; y a María dicho encuentro la confirmó en su fe y en su alegría, ya que de ese encuentro brotó su cántico del “Magníficat”.
Santa Isabel llama “bienaventurada” a María porque ha creído y no sólo por ser la Madre del Señor. Más tarde Jesús dirá que la verdadera dicha se funda en la fe y, en otra ocasión, que los que creen eso son su “madre” y sus “hermanos”: “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.
Así pues, hoy se presentan las dos figuras fundamentales del gran acontecimiento de salvación, Cristo y María. El Mesías y su madre aparecen ya en el célebre relato del profeta Miqueas, profeta campesino contemporáneo del profeta Isaías. Sin embargo, Cristo y María sobresalen en el cántico de Isabel.
San Juan Pablo II escribió: “En la expresión ‘bienaventurada tú que has creído’ pronunciada por Isabel podemos encontrar la clave que nos abre la íntima realidad de María”. A la luz de la maternidad divina de María hoy podemos decir delante de todos que la maternidad humana es siempre un gran signo de la vida que Dios infunde en el mundo y en la historia.
