En Yucatán, el pavo —ya cocido— se unta con una pasta de achiote disuelta en naranja agria y se asa al carbón para cenar en Navidad
En Yucatán, el pavo —ya cocido— se unta con una pasta de achiote disuelta en naranja agria y se asa al carbón para cenar en Navidad

El pavo lo traía la tía Concha a la casa vieja a principios de diciembre. Venía el pobre de cabeza, con las patas amarradas y la lengua de fuera, casi moribundo. Apenas lo soltaban en el patio, se dedicaba a gluglutear, a corretear bajo la sombra del caimito y a engullir el maíz quebrado que le dejaban en un traste de peltre. Esa era para mí la primera señal de que se acercaba la Navidad. Sabía que antes de la Nochebuena el animal terminaría con la garganta cercenada, desplumado y asado al carbón, listo para ocupar el papel protagónico en la cena del día veinticuatro, aunque eso no impedía que mis hermanos y yo nos encariñáramos con él y hasta le pusiéramos nombre. Recuerdo uno en especial, Lorenzo, cuyo sacrificio produjo una peligrosa crisis existencial en mi hermana menor.

—¡Me voy a matar! —amenazó teatralmente con los ojos anegados de lágrimas cuando lo vio colgado de una cuerda, desangrándose. Se encerró a piedra y lodo en el baño mientras la tía Concha, llena de angustia, le suplicaba desde afuera que no hiciera locuras, que le abriera la puerta.

Después de aquel bochornoso suceso, mi madre decidió que en los años subsecuentes compraría el pavo congelado en la abarrotera de Javier Gutiérrez, donde adquiría también las frutas navideñas —manzanas, peras, nueces, pacanas y uvas—, que llegaban a la capital yucateca exclusivamente en el invierno.

Ya sancochado, el pavo lo embadurnaba la tía Concha con una pasta de achiote disuelta en naranja agria y lo asaba pacientemente al carbón en un anafre que utilizaba solo para este fin. El aire se llenaba entonces de un incitante aroma que anticipaba el goce del opíparo banquete navideño.

Al entrar la noche, antes de que las campanas de la iglesia de San Juan comenzaran a llamar a misa de ocho, mi padre sacaba la mesa del comedor a la terraza interior de la casa para que comiéramos al aire libre. El pavo entero —descabezado, flamante y colorado— destacaba en el centro sobre un platón, adornado con hojas de lechuga, rábanos floreados y rodajas de verduras —papa, chayote, zanahoria y remolacha— cocinadas al vapor. El estómago me crujía, pero era menester esperar a que dieran las nueve para sentarse a la mesa.

Alrededor del pavo, mamá disponía otros manjares: espaguetis cocinados al estilo yucateco, al horno, con copiosa salsa de tomate, queso manchego y mantequilla; abundantes frijoles negros refritos con manteca, escabeche de cebolla roja y una canasta con rebanadas de francés recién comprado en la panadería El Álamo.

Universalidad

Siempre que miraba la mesa navideña puesta, volvía a mi mente aquel pasaje de La Navidad en las montañas, libro que había leído por sugerencia de mi maestra de sexto año, en el que Ignacio Manuel Altamirano describía las viandas que le sirvieron: “La cena fue abundante y sana. Algunos pescados, algunos pavos, la tradicional ensalada de frutas, a las que da color el rojo betabel, algunos dulces, un puding hecho con harina de trigo, de maíz y pasas, y todo acompañado con el famoso y blanco pan del pueblo”. Me parecía increíble que, a pesar del paso del tiempo, siguieran coincidiendo algunos guisos en rumbos y geografías tan distintos.

En punto de las doce, brindábamos con sidra Copa de Oro en unas copas de cristal cortado que normalmente permanecían resguardadas tras los cristales de la vitrina del comedor. Los adultos se abrazaban efusivamente deseándose parabienes, mi hermanita colocaba un Niño Dios de porcelana en el pesebre del nacimiento mientras Enrique y yo corríamos emocionados a la calle a explotar decenas de bombitas, barrepiés y voladores, enloqueciendo al pobre Dogui, el perro de la casa, que solía refugiarse debajo de la mesa, a los pies de la tía Ligia.

Al día siguiente, temprano por la mañana, mis hermanos y yo nos levantábamos entusiasmados para descubrir los regalos que Santa Clos nos había dejado junto al árbol de Navidad. Recuerdo con especial nostalgia a Maq, el robot parlante de Perdidos en el espacio, cuyas frases todavía rebotan en mi cabeza: “Alerta, meteoro acercándose a gran velocidad”, “Conectar campo de fuerza, se acercan seres extraños”, “No estoy programado para destruir”, “La atmósfera de este planeta no es respirable”, “Mis sensores perciben amenaza exterior”; un View Master con imágenes de películas de Walt Disney y un juego de química Mi Alegría que me dio la oportunidad de sentirme émulo de Pierre Curie.

Horas después, mi madre, aún con los estragos de la mala noche, abandonaba la hamaca, ponía a hervir el caldo del pavo y nos daba tazones humeantes con carne deshebrada, tostadas de maíz en trocitos y copiosas cucharadas de cebolla curtida.

Así, entre el goce del recalentado, las atenciones maternas y el apuro por seguir disfrutando de los juguetes nuevos, transcurrían las mañanas de Navidad en la vieja casa de la calle 68.

Por Carlos Martín Briceño

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán