“LLEVA LA BARCA MAR ADENTRO”

San Lucas agrupa en este pasaje tres acontecimientos distintos: la predicación, el milagro de la pesca y la respuesta de los apóstoles, que marcaron tres momentos en el proceso de la vocación de los apóstoles: primero escucharon la llamada (Jesús habló al pueblo desde la barca); luego, el milagro, el signo, reforzó los motivos de credibilidad de los oyentes, y, así, finalmente, los Apóstoles pudieron aceptar personal y totalmente la vocación (lo dejaron todo y le siguieron).

La invitación a internarse en alta mar entraña el riesgo de tener que afrontar los temporales, tan frecuentes como inesperados en el Mar de Tiberíades. Esta invitación no fue meramente simbólica: toda la Tradición de la Iglesia se ha recreado en glosar esta figura de la Iglesia como barca de Pedro, y, en este sentido, resultan sugerentes las palabras de Jesús: “Rma mar adentro y echen las redes para pescar”. El riesgo de la pesca de altura, en el temporal y en los conflictos, viene compensado por la gracia de Dios, que da una pesca abundante.

La docilidad de Pedro implicó una confianza sin límites en la persona de Jesús. Pedro conocía bien su oficio y sabía que la noche es más propicia para la pesca que el mediodía. Sin embargo, san Pedro, más allá de su propia experiencia, se confió de las palabras del Maestro.

San Pedro, pues, reconoció su impureza y su liberación de ella, motivo por el cual vio brillar una misión difícil de salvación: “De ahora en adelante serás pescador de hombres”. San Lucas finalizará el relato diciendo que “lo dejaron todo”, porque la pobreza, la elección total por el Reino de Dios son requisitos indispensables en la vocación cristiana.

Así los apóstoles descubrieron que la vocación es un “dejar” para después “encontrar” centenares de “hermanos” en esas personas de las que ellos serán “pescadores”.

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