Alejandro Granja (*)
Hola, querida comunidad de lectores. Recientemente celebramos el Fin de Año, un momento de reflexión y emociones encontradas. Para algunos, fue una época de alegría y gratitud; para otros, un período de nostalgia o dificultad. ¿De qué depende este sentimiento? De lo que nos ha tocado vivir, porque muchas veces no es una elección la vivencia…
Hace tres años, en noviembre, perdí a mi padre, y aquella Navidad fue especialmente dura. En contraste, este año viví la segunda Navidad de mi hijo Alex con una sensación de mayor alegría. Estoy seguro de que cada uno tiene su propia historia.
Por eso, es importante hacer una pausa y preguntarnos: ¿Cómo estamos? ¿Por qué nos sentimos así? ¿Qué queremos cambiar? ¿Qué debemos aceptar?
Precisamente, hoy quiero hablar de cambios.
A lo largo del año tomamos cursos, leemos libros o asistimos a terapias para sanar, pero ¿de qué sirve sanar si no estamos dispuestos a cambiar? Hacer cambios es esencial para evolucionar.
Y cambiar no significa solo hacer lo mismo de manera diferente; también implica atreverse a probar caminos nuevos. Puede ser la oportunidad de construir un mejor futuro y dejar atrás lo que ya no nos aporta.
Si lo pensamos bien, es difícil dejar atrás ciertas creencias o soltar una identidad que hemos construido con el tiempo. La pregunta inevitable es: ¿para qué cambiar? La respuesta no siempre es sencilla, pero en esencia cambiamos para crecer, para alcanzar nuevos propósitos, para mejorar.
No se trata de transformar lo bueno, sino de modificar lo que no ha funcionado: el orgullo, la soberbia, la vanidad, los excesos… El objetivo es hacer cambios positivos.
Con esto, quiero invitarte a reflexionar: ¿qué cambios necesitas hacer para convertirte en tu mejor versión?
Hace unos días, en un consultorio de nutrición vi una frase que me encantó y quiero compartir con ustedes para cerrar este espacio: “Aquí empieza la gente a vivir su mejor versión”.
Mi propósito es compartir, no juzgar. Los cambios dependen de ti.

