• La soprano Agnieszka Stawinska interpreta una de las canciones de “Los amorosos” con la Orquesta Sinfónica de Yucatán, anteanoche
  • El contrabajo de Stanislav Grubnik se mantuvo en el escenario

Anteanoche, el contrabajo de Stanislav Grubnik estaba solo. Y el concierto de la Orquesta Sinfónica de Yucatán lleno de amor y de muerte. Como él. Y afuera Mérida llena de vida. Música por todas partes: un joven tocando rolas de Mago de Oz a las puertas del Palacio de la Música; en el Parque de la Madre, un grupo de chavos rapeaba con buen ritmo y rima. Y llegando a la Plaza Grande, los trovadores cantaban canciones de amor. Vida por todas partes. La vida que le faltó a Stanislav Grubnik.

Pero esa animosidad, cuando se convierte en escándalo, termina por ser incómoda para los músicos y asistentes a los conciertos de la OSY, particularmente el de la tarima de un negocio instalado frente al Palacio de la Música, cuyos decibeles se cuelan hasta las butacas y los atriles. Hacemos un atento llamado a quien le corresponda resolver esta situación para que no continúe, ya que los consumidores del establecimiento, que no es muy grande, podrían igual disfrutar de la música a volúmenes menos estruendosos. Particularmente anteayer, este ruido restó solemnidad al concierto de la OSY, que estuvo dedicado a Grubnik, contrabajo principal de la agrupación.

“Hoy es un día triste para la Orquesta, ya que este es el primer concierto que estamos interpretando sin la presencia de uno de los fundadores (de la OSY) que acaba de fallecer el pasado miércoles, nuestro contrabajista principal. Ven ahí su contrabajo, su instrumento que tanto dio a esta Orquesta, pero dio no solamente su musicalidad, su amistad, el cariño que han manifestado todos los músicos a lo largo de estos difíciles meses para su familia y la verdad es que para nosotros es una tristeza”, dijo el director José Areán, enfatizando que el concierto sería en su memoria.

El quinto programa de la temporada dio inicio con una pieza delicada y de idílica belleza, “Blumine”, de Gustav Mahler. “Blumine”, como el mismo director de la OSY informó en entrevistas previas al concierto de anteayer, formaba parte de la Sinfonía número 1 de Mahler, pero fue eliminada de la misma porque el compositor no estaba conforme con ella.

Como divertimento para los lectores, hay dos anécdotas de la época de la Primera Sinfonía, narradas por el compositor y crítico estadounidense Jonathan Kramer en su libro “Invitación a la música”, que aquí sintetizamos para no disertar mucho: Mahler entabla amistad durante esa época con el barón Karl von Weber, nieto del compositor Karl María von Weber, a quien Mahler admiraba. Comienza a visitar al barón, pero termina enredado con la esposa de Weber. Weber se hace el disimulado hasta que ya no aguanta más y lo balea en un tren, pero no le atina.

Luego Mahler se queda sin trabajo y no consigue otro por andar de coqueto con la esposa de Weber. De paso se pelea con el gerente de la Ópera del Leipzig y tiene problemas al tratar de arreglar una presentación de su recién terminada Primera Sinfonía que nos ocupa en esta reseña, que la mayoría de los directores, recuerda Kramer, consideraba demasiado moderna, y cuando por fin Mahler pudo dirigir esta sinfonía la recepción fue fría e incluso hubo algunos abucheos.

La Primera Sinfonía, recuerda el musicólogo estadounidense, originalmente era un poema sinfónico en dos partes (cada una tenía tres títulos, en total eran seis) y “Flora” o “Blumine” pertenecía a la primera parte, titulada “Días de juventud”. Pero como Mahler consideró que no era suficientemente sinfónico, lo sacó, y durante mucho tiempo este movimiento tan hermoso se consideró perdido, pero apareció en 1959 y en ocasiones ha sido interpretado como parte de la Primera Sinfonía, y como mencionó el maestro José Areán, es algo que Mahler no hubiera aprobado. En fin. La opinión de los críticos, no de quien esto escribe, está dividida: la mayoría cree que el compositor estuvo en lo correcto al eliminar “Blumine”, pero otros dicen que no, que fue un error.

Por eso se toca sola, como acertadamente hizo la OSY anteanoche.

Tras “Blumine”, la soprano invitada, la polaca Agnieszka Stawinska, salió al escenario en un vestido rojo para interpretar una pieza más contemporánea, “Die Liebenden (Los amorosos)”, de Einojuhani Rautavaara, fallecido en 2016, uno de los compositores finlandeses más conocidos e interpretados en su país y a quien se consideraba el heredero de Sibelius, si bien su nombre no nos suene mucho en los programas habituales de concierto.

De “Los amorosos”, con textos de Rainer María Rilke musicalizados por Rautavaara, escuchamos “Liebes-Lied”, “Der Shauende”, “Die Liebende” y “Der tod der geliebten”, esto es, “Canción de amor”, “El observador”, “La amorosa” y “La muerte de la amada”, traducidos al español, que denotan complejidad, estar atentos a las partituras y conocer la poética de Rilke, para entender su profunda intensidad emocional.

En sus poemas Rilke no solo transmite su romanticismo, sino también lo que para él era el sentido de la vida y de la muerte, y que no es obvio a simple vista aunque puede parecer sencillo, sino que va más allá del sonido y del silencio, de la luz o la oscuridad.

Agnieszka Stawinska tiene esa voz aterciopelada y nítida que la OSY dice que requiere esta obra para ser cantada, quien supo abordar los momentos de intensidad dramática de la partitura y sumergirse en la belleza inherente a su rica estética musical y poética; si bien a diferencia de las arias de las óperas famosas que conocemos tal vez sea un poco más difícil de procesar una obra como esta y tal vez por eso mismo el público reaccionó un poco tardíamente a la joya que se acababa de revelar ante sus oídos. Sólo unos cuantos asistentes aplaudieron de pie.

La segunda parte del programa de la OSY abarcó por completo “Romeo y Julieta” de Sergei Prokofiev, no completa, sino selecciones de las suites 1 y 2, “Montescos y Capuletos”, “La joven Julieta”, “Escena”, “Madrigal”, “Minueto”, “Máscaras”, “Romeo y Julieta” y “Muerte de Tibaldo”. De todas esas piezas tal vez la más conocida sea la de “Montescos y Capuletos”, pero cada una describe las escenas clave de tragedia magistral de Shakespeare, convertido en el célebre ballet escenificado innumerables veces.

En su programa de mano, la OSY recuerda que “Romeo y Julieta” de Shakespeare no sólo influyó en Prokofiev, sino también en otros compositores clásicos como Johan Svendsen, Frederick Delius y Wilhelm Stenhammar, así como en Leonard Bernstein con su versión moderna de “Amor sin barreras”. Habrá que escuchar las primeras tres citadas.

El quinto programa de la OSY se repite hoy al mediodía en el Palacio de la Música y esperamos que sin ruido de por medio.— PATRICIA GARMA MONTES DE OCA

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