Me encuentro en un lugar donde el tiempo parece detenerse y la hospitalidad es una forma de arte. En esta ocasión, mi visita será breve, ya que he sido arrastrada por la nostalgia de una isla que robó mi corazón, recordando a la persona que me contó sobre su magia, llenando mis sentidos con el olor a sal y brisa caribeña: mi abuela.

Aunque en mi familia las primogénitas hemos compartido nombre, su padre decidió llamarla de forma diferente, rompiendo la tradición. Sin el consentimiento materno, la registró en las oficinas municipales, nombrándola civilmente como el personaje central de la novela que leía en ese entonces: “Yolanda, la hija del pirata”.

Su infancia fue muy diferente a la que se acostumbraba en ese entonces. Su nombre parecía haberla marcado, ya que amaba embarcarse con su papá, navegando aguas mansas o enfrentando los peores temporales. De la misma manera, hacía largas travesías a La Habana en barco, disfrutando de las noches estrelladas a bordo, acompañada solo por la Luna.

Pero ser la “hija del pirata” no siempre fue fácil. Su progenitor era un corsario revolucionario, amigo de don Francisco I. Madero, quien le ordenó llevar cosido en el interior de su saco y entregar a su destino los planos para volar la Ciudadela en Ciudad de México, librando en varias ocasiones, por cuestiones del azar, el paredón de fusilamiento.

Por otro lado, su mamá, primera diputada mujer electa por voto popular en 1923, recorría los pueblos en tranvía de mulas, luchando por los derechos indígenas, de los hijos no nacidos en matrimonio y por las leyes del divorcio, iniciativas propuestas por ella misma.

Las noches de tertulia en su hogar reunían a los intelectuales de su época, convirtiéndola en una persona de pensamiento universal. A veces estuvo muy sola y aprendió a pintar y a coser como una verdadera hada, con un gusto exquisito y unas manos de ángel.

Mujer como tú o como yo, canto de vida, con nuestras luces y sombras, fortalezas y debilidades. Creatividad de fuego que a veces se ve apagada por el deber ser.

Hoy celebro a todos esos espíritus libres cuyas alas fueron cortadas desde el deseo de pertenecer y encajar, cuando en realidad el límite es el cielo.

Somos esa esencia impetuosa que pelea contra las olas de un mar embravecido que olvida nuestros derechos de equidad, pero que logramos sacar a flote aun contracorriente. Honro tu memoria a través de mi vida, viviendo de manera que pudieras tú y quienes me antecedieron alegrarse por ello.

Esta tarde siento que tu alma pasea junto a mí y tu recuerdo llena el aire que respiro mientras camino por el malecón habanero donde contemplo el Castillo del Morro con un dejo de añoranza que se desprende al golpe de brisa.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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