Un rincón en la Filey. Cristina Rivera Garza tiene apenas unos minutos antes de presentar “Nadie me verá llorar”, de la editorial Random House, en una sala que ya ha sido cerrada porque no cabe ni un alfiler más.
Publicada en 1999, en “Nadie me verá llorar” la autora conjuga el archivo histórico, la narrativa y la imaginación. El personaje principal es Modesta Burgos (Matilda, cuando todavía no la podía llamar por su nombre real), interna en el manicomio La Castañeda a inicios del siglo XX, en Ciudad de México.
Una de partes más memorables de “Nadie me verá llorar” son los diálogos entre Joaquín Buitrago y Eduardo Oligochea, que abordan temas como el dolor, el amor o el porvenir. Y así como Buitrago le pregunta a Oligochea “y usted doctor, ¿qué opina del porvenir?”, recreamos un poco estos diálogos con la escritora con la misma intención del fotógrafo de putas y de locos, obtener “su expediente”, algo personal, tal vez íntimo, con suerte. Así que le soltamos de sopetón:
Y usted Cristina, ¿qué opina del dolor?
Hablando de un país en el que la espectacularidad de la violencia produce terror, un terror que te deja sin habla, sin posibilidad de expresión, a mí me parece que el dolor es uno de esos lenguajes que nos invitan, nos permiten expresar críticas acerca de nuestras condiciones de vida, nos permiten conectarnos con otros y nos permiten también ver hacia el futuro.
¿Qué opina de la locura? (la historia se basa en el archivo real de una paciente del manicomio La Castañeda).
A inicios del siglo XX, de cuando datan los expedientes de la novela, la conversación sobre la locura era mucho más acotada y mucho más silenciada de lo que es ahora que estamos más preocupados por cuestiones de salud mental. Yo creo que es importante hacer esa diferenciación y una de las cosas que me quedaron en claro fue que muchas de las personas que terminaban en esta gran institución, si no en el manicomio general, era que realmente sufrían de condiciones crónicas, la gran mayoría de los internos (no les llamaban pacientes) sufría de epilepsia y de condiciones crónicas que resultaban muy onerosas a las familias, sobre todo humildes de México, a las familias pobres.
Una cosa que me quedó clara fue el caso de las mujeres, muchos de los diagnósticos supuestamente científicos de la locura pasaban por definiciones de género muy claras, eran mujeres que trascendían las expectativas, que rompían las reglas, que utilizaban el espacio público, que hablaban mucho, como mi personaje de la novela “Nadie me verá llorar”; ellas solían terminar con mayor frecuencia en esta institución que otras mujeres. Entonces hay ahí una maleabilidad de la definición de estas condiciones de salud mental que son nociones presuntivas y normativas de género, yo creo que eso es algo que hay que entender, no solo en términos de los diagnósticos de la locura, sino de los diagnósticos médicos en general.
Uno de los olores más fuertes del libro es el del vainilla, ¿si le definiera algún olor, cuál sería?
Lo digo en “El invencible verano de Liliana”, mi libro anterior (el que escribió para conmemorar el feminicidio de su hermana y que le valió el Premio Pulitzer en la categoría de Memorias). Yo nadé mucho tiempo con mi hermana en un mismo equipo cuando éramos niñas y me di cuenta muchos años después que el cloro nos hermanaba, es un olor que es difícil que se te vaya después de pasar muchos años en la alberca y que no sólo queda en tu piel sino también te destroza el pelo y te lo seca terriblemente, entonces el cloro impacta todo tu ser y yo creo que es algo que emocionalmente ha sido muy fuerte.
Si leyera su expediente, ¿qué diría?
Señalaría datos por supuesto de nacimiento, que no he tenido enfermedades graves, tal vez dirían como en el caso de Matilda Burgos que habló mucho, a lo mejor diría que soy media monotemática y obsesiva con cuestiones de orden, a lo mejor me diagnosticarían con algo de TOC o una cosa así, ojalá que nada más eso…
¿Qué es lo que lo que busca cuando ficciona a través de la realidad, desde la historia, el archivo, el testimonio, la memoria, el lenguaje y la imaginación?
Para mí todas las preguntas surgen de una incomodidad con el presente, de un afán de criticar al presente y de lanzarle una pregunta fundamental. Decía Eduardo Vila Matas, este poeta uruguayo que vive en México, en un verso que me gusta mucho citar, que lo que le interesaba era hacer un pequeño daño en el centro de la civilización, tal vez eso también sea lo que me mueve a mí. Voy hacia el pasado, busco los archivos, ando inspeccionando, rescatando esas voces que están ahí, porque yo no creo que mi labor sea darle voz a nadie, ya las voces están ahí y mi labor es tratar de crear un foro donde esos sonidos y esos mensajes tengan una reverberación más amplia, reactiva, que recuperen su carga crítica y su capacidad de abrirnos los ojos para imaginarnos no solo un pasado distinto, sino sobre todo un futuro distinto.
¿Qué piensa del porvenir?
Es una pregunta bien complicada, justo estos días en los que es dificilísimo tener una visión optimista. Yo he vivido muchos años en Estados Unidos y lo que está pasando y sigue pasando me ha mantenido en un estado de alerta, pero yo creo que por lo mismo, porque enfrentamos retos tan grandes es más importante mantenerse firme en lo que importa, que es nuestra conexión con otros y la posibilidad de que muchas voluntades juntas, muchos afectos juntos, podamos tener un impacto en la creación de ese futuro distinto, eso me tranquiliza un poco.
¿Qué piensa de las historias de amor?
Yo digo en una parte de la novela que el amor no se puede contar.
¿Cambiaría o retomaría algo de este libro?
Para eso existen los libros que le siguieron, pero específicamente de manera digamos concreta y práctica a este libro lo único que le cambié fue el nombre de mi protagonista. Ahorita no recuerdo cuál era cuando escribí la novela, que se basa en un expediente real, concreto, del manicomio de La Castañeda; me pidieron que no utilizara el nombre verdadero del personaje para mantener su privacidad, por eso se llamó Matilda Burgos, pero ahora que regresé al archivo a transcribir su letra para poderla usar en la portada del libro y que podía utilizar su nombre, era importante llamarla por el nombre que ella usó para firmar esos oficios diplomáticos que escribió cuando estuvo recluida en el manicomio, por eso ahora el personaje se llama Modesta Burgos. En la presentación de la FIL de este año una lectora llegó con el acta de nacimiento de Modesta Burgos, entonces ahora ya sé que se llama María Modesta Juliana Burgos López. Cada vez va tomando más espacio, y ojalá cada día vaya tomando más espacio en nuestra imaginación y más espacio en nuestra rabia para poder cambiar nuestro futuro.
No hay tiempo de más preguntas (una de las solicitudes era no preguntarle más que del libro que vino a presentar). Sale disparada para presentarse ante ese público que hizo fila para escucharla. Pero nadie la verá llorar.— Patricia Eugenia Garma Montes de Oca
