Durante la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana, realizada en Puebla en 1979, San Juan Pablo II afirmó: “La dignidad humana es un valor evangélico que no puede ser despreciado sin grande ofensa al Creador. Esta dignidad es conculcada, a nivel individual, cuando no son debidamente tenidos en cuenta los valores como la libertad, el derecho a profesar la religión, la integridad física y psíquica, el derecho a los bienes esenciales, a la vida”.

En 2010, delante de la Pontificia Academia para la Vida, Benedicto XVI afirmó que la dignidad de la persona es “un principio fundamental que la fe en Jesucristo crucificado y resucitado ha defendido desde siempre, sobre todo cuando no se respeta en relación a los sujetos más sencillos e indefensos”.

Desde los inicios de su pontificado, el papa Francisco ha invitado a la Iglesia a “confesar a un Padre que ama infinitamente a cada ser humano” y a “descubrir que con ello le confiere una dignidad infinita”.

Es precisamente en ese reconocimiento y aceptación donde puede fundarse una nueva convivencia entre los seres humanos, que decline la sociabilidad en un horizonte de auténtica fraternidad: solo “reconociendo la dignidad de cada persona humana podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad”.

En realidad, concluye el papa Francisco, “el ser humano tiene la misma dignidad inviolable en cualquier época de la historia y nadie puede sentirse autorizado por las circunstancias a negar esta convicción o a no obrar en consecuencia”.

En este horizonte, su encíclica “Fratelli tutti” constituye ya una especie de Carta Magna de las tareas actuales para salvaguardar y promover la dignidad humana.

Uno de los grandes legados que el papa Francisco nos deja, no solo a la Iglesia sino a toda la humanidad, es esta preocupación por rescatar la dignidad humana de los más débiles y pobres, de los oprimidos y más vulnerables de la sociedad. Siempre se preocupó y ocupó de la paz entre las naciones, de los migrantes y refugiados, de los presos y de los enfermos.

Ahora nos queda continuar este legado, honrar su memoria para hacer creíble y visible la construcción del Reino de Dios aquí en nuestra casa común.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano de Pastoral de la salud, vida y adultos mayores

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