Credit: los editorialistas de religión

¡RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO!

“Shalom”. Ese saludo era frecuente en Palestina; pero Jesús no deseó la paz como la desea la gente, ni se trató de la misma paz. Jesús da la paz, y esta paz verdadera es “su” paz, es decir, el fruto de la victoria sobre el pecado. La paz de Jesús es el grano de trigo muerto y resucitado, es Él mismo en persona. Luego les mostró las llagas para que comprobaran la identidad de su persona y vieran que es Él mismo que fue crucificado.

Los discípulos de Jesús van a continuar la obra de su Maestro, ellos fueron enviados por Jesús de la misma manera que Jesús fue enviado por el Padre. Van a llevar al mundo el Evangelio de la reconciliación, de la paz verdadera y de la salvación. Con la misión recibieron también el Espíritu Santo, la fuerza que necesitaban para cumplirla. Es el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús en el Jordán, antes de comenzar su predicación y su vida pública.

El gesto de Jesús de “soplar”, encuentra su antecedente en el Génesis (2,7) cuando se dice que Dios exhaló su aliento sobre el rostro de Adán y éste comenzó a vivir: también ahora comienza una nueva creación y una nueva vida.

Así pues, en Pentecostés se delinea para san Lucas un cambio. En Babel, la ciudad símbolo del orgullo y de la opresión, las lenguas se habían confundido separando entre sí a las gentes; en Jerusalén, nuevo Sinaí, el Espíritu se convirtió en fuente de armonía y de unidad entre las gentes de miles de lenguas, culturas y nacionalidades. En Babel, según el libro del Génesis, “ninguno comprendía la lengua del vecino” (11, 7); pero en Pentecostés “cada uno entendía al otro en su propia lengua” (Hch 2, 6).

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