Hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Una celebración litúrgica de vital importancia para la vida de la Iglesia. Por esto, es propicio reflexionar sobre la necesidad de cuidar y valorar los alimentos que consumimos.

Tirar alimentos a la basura significa no valorar el sacrificio, el trabajo, los medios de transporte y los costes energéticos empleados para llevar a la mesa la comida de calidad. Significa desdeñar a cuantos se esfuerzan cotidianamente en el sector agrícola, industrial y de servicios para proporcionar unos alimentos que, perdiéndose o acabando dilapidados, no alcanzaron su loable fin.

Para poner fin a la pérdida y al despilfarro de alimentos el papa Francisco evidenciaba la necesidad de invertir recursos financieros, aunar voluntades y pasar de las meras declaraciones a una toma de decisiones clarividentes e incisivas. Pero, sobre todo, “es imprescindible”, subraya, “afianzar en nosotros la convicción de que el alimento desechado es una afrenta para los pobres”.

Es el sentido de la justicia hacia los necesitados el que debe impulsar a todos y cada uno a un categórico cambio de mentalidad y de conducta. Esto se hace cada vez más apremiante, ya que hay que reconocer, y quisiera subrayarlo, que el alimento que arrojamos a la basura lo arrancamos inicuamente de las manos de quienes carecen del mismo.

Estas son palabras del Papa en el mensaje enviado a la Asamblea de la FAO, en el Día Internacional de Concienciación sobre la pérdida y el desperdicio de alimentos. Por otra parte, además de generar conciencia sobre el desperdicio de alimentos, los cristianos, discípulos de Jesús, debemos concienciarnos sobre el alimento espiritual que debemos recibir.

El alimento espiritual se refiere a todo aquello que nutre el alma y fortalece el espíritu, de manera análoga a cómo el alimento físico sostiene el cuerpo. Es fundamental para el crecimiento interior, la paz, el sentido de la vida y la relación con Dios o con lo trascendente.

Algunas formas de alimento espiritual incluyen:

1.— La oración: Un diálogo sincero con Dios, que renueva el corazón y da fuerza para vivir con esperanza.

2.— La lectura de la Palabra de Dios (Biblia): Ilumina la mente, guía las decisiones y consuela en los momentos difíciles.

3.— La Eucaristía: Para los cristianos, especialmente católicos, es el alimento espiritual por excelencia: recibir a Cristo mismo en el Pan y el Vino consagrados.

4.— El silencio y la meditación: Permiten entrar en contacto profundo con uno mismo y con lo divino.

5.— Las obras de caridad: Amar y servir al prójimo es una fuente profunda de alimento espiritual, porque nos une al amor de Dios.

6.— Los sacramentos: Son signos visibles de la gracia invisible. Cada uno fortalece la vida espiritual en una etapa o situación concreta.

7.— La comunidad de fe: Compartir la fe con otros creyentes da aliento, fortaleza y sentido de pertenencia.

¿Por qué es importante el alimento espiritual?

Porque el ser humano no solo vive de pan, como dice la Escritura (Mateo 4, 4), sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Porque en medio del dolor, las dudas o la soledad, el alimento espiritual sostiene, consuela y da dirección.

Porque ayuda a vivir con propósito, paz interior y esperanza.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la salud, Vida y Adultos Mayores

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