A medida que nos aproximamos al final de junio, los efectos de un mundo convulsionado comienzan a sentirse con mayor intensidad. Los conflictos armados, cuyas consecuencias ocupan los titulares internacionales, también impactan de manera indirecta sectores tan específicos y culturales como la viticultura. Lejos de estar al margen, el mundo del vino ha estado ligado históricamente a los vaivenes de la guerra.

Desde la Antigüedad, los enfrentamientos bélicos han dejado huella en el cultivo de la vid. En general, los efectos han sido negativos —destrucción de viñedos, pérdida de tradición, desplazamientos—, pero también se han registrado consecuencias positivas. Al conquistar nuevos territorios, los vencedores solían plantar vides como símbolo de permanencia, apropiación del territorio y continuidad. Tal fue el caso de los Altos del Golán, ocupados por Israel durante la Guerra de los Seis Días en 1967. Tras la ocupación, se establecieron viñedos como gesto político y productivo.

En territorios donde la religión prohibía el consumo de alcohol, los viñedos solían ser destruidos por los conquistadores. Esta situación se repitió a lo largo de la historia en regiones dominadas por visiones religiosas estrictas. En contraposición, los legionarios romanos, grandes consumidores de vino, consideraban el cultivo de la vid como una necesidad estratégica: el agua de los ríos era riesgosa, pues podía estar contaminada por el enemigo, por lo que preferían el vino. Esto impulsó la viticultura en amplias zonas del Imperio, incluidas regiones como Alemania y Austria.

El impacto de los conflictos no siempre fue positivo. Durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), dos tercios de los viñedos alemanes fueron destruidos y nunca replantados. Se estima que la superficie cultivada pasó de 300,000 a apenas 100,000 hectáreas.

La conquista del Nuevo Mundo, aunque devastadora para las culturas originarias, introdujo la viticultura en América, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. En estas regiones, la vid era desconocida. Fueron las órdenes religiosas católicas las encargadas de establecer y expandir el cultivo de la uva con fines litúrgicos y comerciales.

En Europa, los hábitos de consumo y comercio del vino también han estado condicionados por la guerra. Un ejemplo emblemático es la confrontación entre Francia e Inglaterra a inicios del siglo XVIII. La prohibición de importar vino francés en territorio británico impulsó el auge del vino de Oporto, en Portugal, aliado estratégico de Inglaterra. Así, la guerra moldeó preferencias y mercados.

La región de Champagne, en Francia, ha sido especialmente golpeada por su ubicación estratégica. Sus viñedos han sido destruidos repetidamente. Durante la Primera Guerra Mundial, la zona fue campo de batalla, dividida por trincheras y alambradas. Aun así, los viticultores continuaron su labor, y el vino siguió produciéndose incluso en medio del conflicto.

Como bien expresó Napoleón Bonaparte: “Bebamos, porque el champagne en la victoria te lo mereces y en la derrota lo necesitas”.

Esperemos que, más allá de la historia y sus lecciones, los actuales conflictos encuentren un cauce hacia la paz. Porque si algo nos enseña el vino es que la paciencia, el cuidado y la tierra fértil producen frutos duraderos.

Hasta la próxima semana. ¡Salud!

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