Todos hemos oído hablar de Napoleón Bonaparte, aquel corso que pretendió llevar los preceptos de la Revolución francesa al resto de Europa y posteriormente al resto del mundo. Napoleón Bonaparte tuvo descendencia. Ya hemos hablado de Napoleón II, llamado El Aguilucho, quien recibió el título de Rey de Roma en el momento de su nacimiento. Napoleón II no reinó.
Oficialmente sucedió a su padre en el momento de su rendición, pero de facto fue enviado a Viena bajo la estricta vigilancia de su abuelo, el emperador Francisco I. De parte de Hortensia de Beauharnais, hija de Josefina, la primera esposa de Napoleón, hubo otro Napoleón. Carlos Luis Napoleón Bonaparte pasó buena parte de su juventud en Londres por la caída de Napoleón I. Sin embargo, supo entrar en política. Una vez presidente de Francia se dio un autogolpe de estado y se proclamó emperador: Napoleón III(recordemos que ya había existido Napoleón II), emperador del Segundo Imperio francés, periodo de un extraordinario desarrollo de Francia.
Dicho Napoleón III se casó con la hermosa e inteligente cordobesa María Eugenia de Montijo. De ese matrimonio nació Napoleón Luis Bonaparte, Príncipe Imperial de Francia. A la caída del Segundo Imperio francés por la derrota de su emperador en la guerra franco-prusiana, la familia imperial huyó a Londres, a donde partió también Napoleón Luis.
Napoleón III falleció en Londres en 1873, tan solo 3 años después de su huida de Francia. A su muerte, a Napoleón Luis, su hijo, le correspondía el título de Napoleón IV. Ahora bien, sin imperio no puede haber emperador. Para esa fecha Francia era República, la Tercera República, razón por la cual el nombre de Napoleón IV no aparece en los anales de la historia como el de un emperador coronado, pero representa la última esperanza del linaje imperial de los Bonaparte. Su vida, marcada por el exilio, la gloria heredada y la tragedia, simboliza el ocaso definitivo de la dinastía napoleónica.
Eugenio Luis Bonaparte nació el 16 de marzo de 1856 en el Palacio de las Tullerías, en París, como único hijo legítimo de Luis Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses (Napoleón III), y de Eugenia de Montijo, la cordobesa. Desde su nacimiento, fue reconocido como Príncipe Imperial, heredero del trono del Segundo Imperio Francés. Su nacimiento fue celebrado con entusiasmo por los partidarios del régimen, pues aseguraba la continuidad dinástica del Imperio. La llegada de un heredero reforzaba la legitimidad de su gobierno, al tiempo que evocaba el sueño de un nuevo imperio napoleónico perdurable.
Desde muy joven, Eugenio Luis fue educado para gobernar. Recibió una rigurosa formación militar, además de una educación esmerada en historia, política, literatura y lenguas extranjeras.
Napoleón III y la emperatriz Eugenia se esforzaron por convertirlo en un príncipe moderno, culto y disciplinado, capaz de enfrentar los retos de un mundo cambiante. Durante su adolescencia, participó en actos oficiales y fue nombrado teniente del ejército francés, acompañando a su padre en maniobras militares. A pesar de su juventud, mostraba un carácter reservado, firme y responsable, lo que generó simpatía incluso entre sectores no bonapartistas. Se le veía como un posible monarca reformista, más cercano al liberalismo constitucional que al autoritarismo de su padre. La vida del príncipe cambió drásticamente con el estallido de la guerra franco-prusiana en 1870. Napoleón III decidió comandar personalmente al ejército francés, pero fue derrotado y capturado en la batalla de Sedán. El colapso militar condujo a la caída del Segundo Imperio y al establecimiento de la Tercera República Francesa.
Mientras su padre era hecho prisionero y la emperatriz Eugenia huía de París, el joven Napoleón, de solo 14 años, se exilió con su madre en Inglaterra, instalándose cerca de Londres. La familia imperial fue acogida con respeto por la reina Victoria, quien desarrolló una estrecha amistad con Eugenia y su hijo. Tras el fallecimiento de Napoleón III, los bonapartistas proclamaron al joven como Napoleón IV, aunque de manera simbólica. No existía ya un imperio que gobernar y la República francesa no reconocía su legitimidad. Sin embargo, para muchos, seguía siendo el heredero legítimo del legado napoleónico. A pesar de la derrota del Imperio, Napoleón IV conservó una base de apoyo en Francia y en el extranjero. Los bonapartistas esperaban que pudiera liderar un eventual regreso al poder. No obstante, Eugenio Luis, con notable sentido del deber, decidió continuar su formación como militar, esta vez al servicio de una nación amiga: Gran Bretaña. Ingresó en la Royal Military Academy de Woolwich y posteriormente fue destinado como oficial del ejército británico. En este nuevo entorno, se ganó el respeto de sus compañeros y superiores por su humildad, seriedad y valentía. Su madre, aunque temerosa por su seguridad, respetó su decisión de no vivir como un príncipe decorativo, sino como un hombre de acción.
En 1879, durante la guerra anglo-zulú en Sudáfrica, Napoleón IV solicitó participar en la campaña. A pesar de las reticencias de su madre la emperatriz y del gobierno británico, finalmente fue autorizado a unirse a las tropas, con la condición de mantenerse alejado del frente.
El 1 de junio de 1879, mientras realizaba una misión de reconocimiento en el valle de Ityotyosi, el joven príncipe fue atacado por un grupo de guerreros zulúes. Fue alcanzado por múltiples lanzas y murió en el campo de batalla a los 23 años. Según los informes, peleó con valentía y murió sin rendirse. Su cuerpo fue recuperado por soldados británicos al día siguiente. La noticia de su muerte causó conmoción en Europa. La emperatriz Eugenia, devastada, viajó personalmente a Sudáfrica para visitar el lugar donde murió su hijo.
El féretro fue repatriado al Reino Unido y enterrado junto a su padre en Farnborough Abbey, en una cripta especialmente construida para la familia imperial. Con la muerte de Napoleón IV, el linaje directo de Napoleón Bonaparte quedó extinguido. Aunque existían otros Bonaparte (como su primo Víctor Napoleón, que fue proclamado posteriormente como “Napoleón V” por algunos seguidores), ninguno tuvo el carisma ni el significado simbólico del Príncipe Imperial. Su muerte fue vista como el fin definitivo del sueño imperial napoleónico. La figura de Napoleón IV fue idealizada en los años posteriores a su muerte.
Se lo representó como un joven valiente, puro, sacrificado por una causa perdida. Fue convertido en símbolo romántico del heredero sin trono, del soldado-príncipe que eligió el peligro en vez del confort. Su imagen apareció en cuadros, poemas, monumentos y biografías. Su historia fue comparada con la de otras figuras trágicas de la historia, como el Aguilucho. A pesar de no haber reinado nunca, Napoleón IV encarnó los últimos ecos de una dinastía que marcó profundamente la historia de Francia, Europa y de América.
Su trágica muerte simbolizó el final de una época: la era de los imperios familiares y del carisma heredado. Su decisión de luchar, su muerte en el extranjero y su fidelidad a un legado hicieron de él una figura histórica digna de respeto.
Hoy, su tumba en Farnborough sigue siendo un lugar de memoria para los admiradores del bonapartismo.
Su vida continúa inspirando estudios, novelas y homenajes. En su corta existencia, Napoleón IV fue el último aliento de un sueño imperial.
Traductor, intérprete, filólogo.
