“EVITEN TODA CLASE DE AVARICIA”

El hombre que se acercó a Jesús posiblemente haya sido una persona que pleiteaba con su hermano mayor porque éste, como primogénito, pretendería retener para sí toda la herencia paterna. Las aspiraciones legítimas de aquel personaje le moverían a solicitar la mediación de Jesús, a quien consideraba maestro de la Ley. Pero Jesús pensó que su misión no debe mezclarse con estos asuntos.

La doctrina de Jesús ofrece en germen los principios de una auténtica renovación social, y su doctrina es doctrina para practicarla. Si Jesús se desentiende en este caso de un litigio entre dos hermanos, es porque considera que hay jueces en Israel que deben y pueden ocuparse de ello, y piensa que su oficio no es el de un juez.

Este hecho es para Jesús una buena ocasión para amonestar a sus oyentes, advirtiéndoles que no sean codiciosos. Pues de nada sirve acaparar riquezas si la vida está en manos de Dios y no en manos del hombre. La avaricia es una vana insensatez. Entonces Jesús ilustra esta doctrina con la parábola de aquel terrateniente preocupado tan sólo por asegurarse un porvenir en la tierra, lo cual lo convierte, delante de Dios, en un pobre hombre, un insensato, puesto que lo importante es usar de tal forma de los bienes temporales que podamos conseguir un “tesoro en el cielo”.

Así pues, ante el texto del evangelio de hoy estamos en presencia de una lección moral que en todas las culturas y en todas las religiones ha sido impartida ante las ilusiones generales de “la execrable hambre del oro” (Eneida, de Virgilio, III, 57). Por eso el autor de la primera lectura habla del vacío que corroe todas las realidades humanas: “Vanidad de vanidades”. Ese inmenso vacío (soplo, vapor, humo, viento, vanidad, nada), penetra y resquebraja incluso la riqueza que el hombre considera como una indestructible base sobre la cual edificar el propio futuro de alegría y de vida.

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