Por Rafael J. Ramos Vázquez
Es una maravilla natural, tiene una magia que embruja y deja pasmado al visitante, éste no puede ser indiferente ante su belleza, sus paisajes y su historia.
Me refiero al Bósforo, un estrecho de aproximadamente 30 kilómetros de largo que une el mar Negro con el mar de Mármara, y éste a su vez se conecta con el Egeo para continuar y unirse al Mediterráneo. Pasearlo y navegar sobre él es un recorrido obligado para quien visita Estambul. Hay numerosos cruceros que hacen la travesía sobre su superficie, de corrientes fuertes, pero de suave oleaje.
El visitante puede admirar durante el trayecto el mar de Mármara, el palacio de Topkapi, el palacio de Dolmabahce, el castillo de Rumelia, numerosos y enigmáticos palacetes y los enormes puentes que lo atraviesan.
Estambul sobre sus aguas parece nacer y morir en el estrecho. Mientras el crucero discurre el paseante puede saborear una rica taza de café turco bien cargado de buen sabor y aroma exquisito.
Paradójicamente el Bósforo, llamado también estrecho de Estambul, separa dos continentes, Asia a un lado y al otro Europa, pero une dos mares. Considero que es el único lugar, el canal, donde el paseante puede ver de forma muy clara ambos continentes. Las impetuosas marejadas en sus profundidades siguen la dirección del mar Negro al Mármara.
El Bósforo es un lugar que tiene alma propia y un corazón que palpita al ritmo de los barcos que los surcan, tiene un paisaje que enamora y el turista queda fascinado con su belleza. Quien lo navegue no lo olvidará.
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