Aunque a veces nos duelan las rodillas, creamos que no podemos empezar la fiesta a las 11 de la noche o sintamos que ya dimos “el viejazo” cuando vemos a los que están por entrar a la universidad… seguimos en nuestros mejores años.
Los veintes son una etapa compleja: en su mayoría entramos y salimos de la licenciatura, emprendemos o buscamos trabajo, encontramos algo que nos gusta pero paga terrible o viceversa, empezamos a usar lentes con aumento y creemos también que la juventud se nos va de las manos. Pero es una década llena de experiencias que nos marcan de por vida, año tras año…
A veces sentimos que se nos acaba la vida, que los 25 están eternamente lejos de los veinte y que los 30 nos respiran en la nuca —como si eso fuera algo malo— aunque realmente solo estamos a la mitad de la carrera (que nosotros mismos nos inventamos, o más bien, nos creímos).
Buscando respuestas
No estamos en competencia con nadie, más bien, nos encontramos en aquella época en la que estamos buscando cuál es nuestra carrera, hacia dónde vamos, qué aspiramos y qué sueño nos quita las ganas de dormir por las noches. Son nuestros días de pensar en grande, de tirar a lo más alto que podamos creyendo que algún día podremos alcanzarlo. De eso se trata ser joven.
Los movimientos juveniles siempre han tenido su propio encanto y han sido revolucionarios a su manera. De alguna forma, la voz de los jóvenes mueve montañas; esta vez nos toca a nosotros encargarnos de que esas montañas no se estanquen y que lo que tengamos que decir nunca se quede dentro de nosotros. Nunca sabremos con certeza quién nos está escuchando. Tal vez vale mucho más la pena de lo que creemos.
Recuerdo con tanto amor y precisión la voz de un individuo muy querido diciendo: “Juventud, divino tesoro…” y por más que sintamos que es una expresión que usan las tías cuando nos ven trasnochados, realmente estamos viviendo nuestro propio divino tesoro.
“Son nuestros días de pensar en grande, de tirar a lo más alto que podamos creyendo que algún día podremos alcanzarlo”
