La pequeña ciudad costera de Destin se despierta al amanecer con el Sol saliendo y pintando de colores el cielo.

Mis visitas son cada vez más frecuentes y siento que las gaviotas se han convertido en mis amigas.

Este sitio situado al noroeste de Florida, bañado por el Golfo de México, es un refugio tranquilo con olor a sal y algas, que me acompañan mientras camino hacia el faro cobijada por mis recuerdos que me siguen como sombras hasta en los días más nublados.

Voy a cada golpe de brisa y sin proponérmelo haciendo inventario, encontrando partes de mí que se quedaron atrás: personas, lugares, momentos… todo lo perdido o ganado que ha dejado huella de lacre y fuego en el alma.

Resulta increíble cómo un número desconocido en la pantalla del teléfono, un encuentro fortuito, una foto vieja, una melodía al azar pueden ser suficientes para desencadenar una avalancha de emociones.

El temblor en las manos, el nudo en el pecho, la ansiedad que se creía superada… todo vuelve a la vida.

Frases que en otro tiempo hubieran sido consuelo ahora solo son eco vacío, mientras la persona que las recibe ya no es la misma. Ha cambiado, ha crecido, ha encontrado la paz en su propia compañía dejando claro que, aun en la pérdida, hay ganancia silenciosa y que hay disculpas que llegan tan tarde que ya no encuentran al remitente.

El pasado puede revivir pero no puede cambiar el presente y muere de nuevo al golpe de la primera aurora de los nuevos comienzos.

Y seguimos adelante encontrando la tranquilidad en la aceptación de lo que hoy somos, sin importar lo que ha sido o lo que será.

Me sacudo el pelo y el cuerpo de la arena que toma posesión de mi espacio, y junto con ella se van también trocitos de mí, que ya no tienen cabida en mi alma que renace. Y en ese vaivén del recuerdo y la desmemoria, vienen a mí unas palabras que leí en un cita hace un par de días: en el idioma italiano existen dos formas distintas para el verbo olvidar, Scordare y Dimenticare, interpretándose la primera como el dejar que el tiempo borre las memorias y la segunda haciendo referencia a soltar los pensamientos con intención. Es como si el corazón y la mente no se pusieran de acuerdo para el proceso, pero sí para el resultado. Al fin y al cabo de lo que se trata es de encontrar nuestro propio ritmo: el dejar ir lo que fue, abrazar lo que somos y avanzar hacia lo que será, salpicando sonrisas y gratitud a nuestro paso.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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