Desde muy pequeño me fascinó la vida del italiano Giovanni di Pietro Bernardone, quien vivió entre los siglos XVII y XVIII. Reconocido con su nombre religioso de San Francisco de Asís, siendo referente por sus mensajes con un “lenguaje universal del amor”, su estilo de vida de humildad, de servicio y de reconciliación.
Es un personaje muy importante por ser el santo patrono de los animales, los veterinarios y los ecologistas, siendo vigente sus obras al adoptar su nombre el anterior Papa de la Iglesia católica en su honor.
La figura de San Francisco de Asís resplandece en la historia por un gesto radical: el desprendimiento absoluto. Al renunciar a la riqueza de su familia y a la vida de lujos para abrazar la humildad, Francisco no solo se despojó de bienes materiales, sino que también rechazó una realidad social basada en el estatus y el poder.
Su vida, centrada en la sencillez, la compasión a la naturaleza y el servicio a los más vulnerables, es un ejemplo de desapego que contrasta de manera elocuente con el apego obsesivo a la belleza y la imagen que caracteriza a nuestra sociedad contemporánea. En el corazón del desprendimiento franciscano yace una profunda búsqueda de la verdadera belleza.
Para él, la hermosura no residía en las vestiduras finas, en la opulencia o en la validación social, sino en la creación del bien.
San Francisco de Asís encontraba la belleza en el “hermano lobo”, en la “hermana luna” y en la naturaleza en su estado más puro, como lo expresa en su hermoso “Cántico de las criaturas”.
Su desapego material le permitió conectar con una realidad más auténtica, donde la perfección no era fabricada, sino encontrada en la humildad y la sencillez de todas las cosas. Esta perspectiva le brindó una libertad que el consumismo y la vanidad jamás podrían ofrecer. En contraste, la sociedad moderna se encuentra atrapada en un ciclo de apego obsesivo a una belleza idealizada, a menudo superficial y artificial.
Las redes sociales, la publicidad, las tecnologías como la Inteligencia Artificial y la Realidad Virtual hoy más que nunca promueven una estética inalcanzable, creando una cultura del perfeccionismo que fomenta el rechazo de la realidad.
El “rechazo a la realidad” se manifiesta en la edición de fotografías, en la búsqueda de procedimientos estéticos para encajar en un canon de moda, y en la incapacidad de aceptar nuestras imperfecciones y las del mundo que nos rodea.
Este apego no genera paz ni felicidad, sino ansiedad, inseguridad y una sensación constante de insatisfacción que crea oportunidades de consumo y crisis social. La lección de San Francisco es más relevante que nunca. Su desapego no fue un rechazo a la belleza en sí misma, sino una aceptación real del presente. Al liberarse de las ataduras materiales y de las expectativas sociales para encontrarse, Francisco halló una vida de plenitud y alegría en la autenticidad.
Nos invita a reflexionar sobre qué es lo que realmente valoramos: ¿un reflejo perfecto en la pantalla o una conexión genuina con la realidad? Y en la práctica podemos iniciar este camino preguntándonos: ¿qué creencias, miedos o posesiones me impiden ser plenamente yo para servir felizmente? Al aceptar nuestras sombras y luces podemos comenzar, al igual que San Francisco, a encontrar una paz más profunda y una conexión más auténtica con el mundo que nos rodea. Su legado nos enseña que el camino hacia la reconciliación interior no está en acumular o en perfeccionar lo exterior, sino en aprender a apreciar la vida en su imperfecta y natural belleza.
