Raquel Araujo Madera, actriz, dramaturga y directora de escena, fue elegida por el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celit) para la elaboración del mensaje con motivo del Día del Teatro Latinoamericano, que se leerá el próximo miércoles 8, fecha de la efeméride. A continuación, unos párrafos medulares del texto, que lleva por título “Lo que late, lo que arde”.

“Debajo de nuestra tierra pulsan ríos de sangre que hierve y emerge como lava, como palabra florida en cuerpos ardientes. La escena desaparece apenas se crea, en su vértigo de presentes sucesivos, se detiene ocasionalmente, cuando arde. Está latiendo el teatro latinoamericano.

Un teatro que habla con la naturaleza a través del mito, en paisaje y cantos… un teatro telúrico. Así, el Baldzam hace giros en el aire del antiguo Mayab y representa el cosmos. Vital y pulsante, nuestro teatro a veces se apaga, pero de sus cenizas revive ese fuego en la sangre que nos hace mover, decir, estremecer a quien acompaña, observa y participa. Miramos mirarnos en el teatro, bailamos y cantamos por dentro.

Con diversidad y alegoría, los teatristas latinoamericanos nos ponemos las pieles de Xipe Totec en una performance vital, nos desollamos y nos volvemos a poner la piel blanquecina, negra o prieta, roja y amarilla.

Tlacuatzin, con su cola pelada, tatemada por robar el fuego para otorgarlo a los humanos, nos enseña su capacidad teatral de aparecer muerto ante el enemigo. Como nuestro dios actor el tlacuache, el Ix Toloch, mutamos, morimos y volvemos a la vida en la escena de los teatros autónomos, de las compañías nacionales, en los grupos estables y los grupos de aficionados, en el teatro escolar y en la comunidad.

Somos piedra ardiente, fuego casi reducido a cenizas o incendio abrasador. Somos la mariposa que advierte al depredador con la representación estampada en sus alas. Latente entre las piedras, el teatro brota y arde. Como la orquídea que actúa con su colorido una escena que la emparenta con la avispa, o la vegetación que vibra y nos cuenta historias sin palabras. Acán, el dios maya de la embriaguez, patrono del balché y de la fiesta, se parece, pero es otro, y es nuestro.

Pretendo no ser fatalista ante el panorama bélico mundial, la devastación del planeta y la extinción de las especies, la inequidad, la falta de fondos para la cultura o de la casi impronunciable palabra arte en el discurso del poder… sino volver los ojos a la representación de nuestros teatros prehispánicos orgánicos y rituales, y hacer una metáfora del ardor con el teatro vivo y nuevo, potente y fulgurante de Latinoamérica que no necesita copiar más a Europa.

Ante la pregunta: ¿Cuál es el sentido de seguir haciendo teatro hoy en América Latina? No redundaré en el paisaje de la violencia y la espectacularización de la banalidad, cuyas imágenes pasan y pasan, poblando vertiginosamente las pantallas que parecen colonizar el teatro de nuestra mente, en un tiempo fragmentado y estéril.

Por ello, parar y arder en presente. Hundir las manos en la tierra otra vez y reconocer, o por vez primera, saborear lo que somos. Conjurando la muerte cuando juega con ella, el teatro latinoamericano persiste en su encuentro con la vida.

Los teatristas latinoamericanos, donde sea que nuestro quehacer se realiza, nos levantamos cada día con el ensayo previsto, la incansable búsqueda de recursos para la temporada, la gira, el festival, y en movimiento perpetuo, sin cesar, sin claudicar mantenemos a la compañía, el grupo, la organización grande o pequeña, en familia, sin familia, con abuelos, infancias y juventudes. Hacemos teatro por la paz, por la justicia, por las ideas, por la belleza, por la crueldad, por el gozo de la palabra y el cuerpo, por el encuentro. Tomamos la escena porque nos sigue faltando inventarnos, o reinventarnos o volver a entendernos, o entender al otro; por la alegría, por las infancias y las mujeres, por las masculinidades y la rica diversidad que se abre como flores aromáticas. Hacemos teatro por vernos y soñarnos, para hacer comunidad y por el acontecimiento puro de existir.

Por el pasado y presente del Teatro Latinoamericano, por cada ensayo, cada función y cada espectador: nuestro teatro es el presente vibrante que ardiente se abrasa, y en su arder, aparece y vive.

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