Decido contarles a todos ustedes mi historia porque yo era una de esas miles de personas que estaba convencida que las mujeres somos libres de elegir sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad, pero hay mucho que no se dice, cosas que nadie cuenta, silencios que se conservan por años. Solo las y los que hemos pasado por eso lo sabemos y, lo más difícil, lo vivimos en soledad.
Tenía 27 años cuando me enteré que estaba embarazada, en esa época mis anhelos se iban desvaneciendo uno a uno, incluyendo la posibilidad de “triunfar en la vida”, pues sentía que, a pesar de mi esfuerzo, preparación y dedicación, nada era suficiente para lograrlo.
Justo en ese trance apareció en mi vida Jacobo, de quien me enamoré profundamente, pues vino a inyectarle esperanza a mi camino, ya que no solamente confiaba en mí y en mis proyectos sino que estaba dispuesto a acompañarme incondicionalmente en todo lo necesario para hacerlos realidad.
Y como yo necesitaba aferrarme a algo, decidí ignorar a mi intuición y confié; cuatro meses después se presentó nuestra primera prueba, esperábamos un bebé que ya tenía ocho semanas.
Después de confirmar que no contaba con nadie, me paralicé de terror. Si no podía cubrir mis propias necesidades para seguir adelante, ¿cómo me podría responsabilizar de alguien más? Por otro lado había una sensación que ahora, después de tantos años, puedo reconocer: ya amaba a mi bebé, sin estar del todo consciente de ello.
No se habla de ello
Lloré por horas, no podía creer que “el derecho a decidir” fuera mío. Y como las matemáticas no me dieron y las señales que le pedí a Dios no fueron claras para mí, aborté. En ese momento mi vida cambió, sin saber hasta qué punto la muerte duele.
Lo que se vive después de un aborto provocado es algo de lo que no se habla. Hay tanta información instalada que nos invita a ver el aborto como algo normal, natural, que escuchar un: “No pasa nada, Dios te mandará otro cuando estés preparada” es suficiente para tomar la decisión que, sin saber, marca la vida profundamente.
He sido testigo de que mi historia no es diferente al de otras mujeres y hombres que experimentaron el aborto. El dolor de la muerte que se instaura permanentemente en el alma, es algo que nos conecta a todos los que lo experimentamos, no importa si sucedió hace un mes o 20 años. Vivimos sin saber de dónde proviene esa tristeza profunda, esa falta de brillo en nuestras vidas, pero nuestra alma sí que lo sabe, y nos da señales para reconocerlo, para sanarlo.
Mi proceso se inició con Mónica, mi psicóloga, quien como primer instrumento de Dios me ayudó a reconocer que el origen de mi sufrimiento era la pérdida de Abigail, mi hija.
Llegué al Viñedo de Raquel de Mérida, que está a más de dos mil kilómetros de mi ciudad natal, gracias a su recomendación y después de más de dos años de arduo trabajo el impulso de tomar el primer avión fue después de haberme confesado con el padre Manuel, aun cuando había jurado jamás hablar de ese tema.
Si viviste o participaste en un aborto, abre tu corazón y escucha las señales, por experiencia propia y de otros, les puedo compartir que en el Viñedo de Raquel podrán experimentar a Dios mismo, para mostrarnos que su misericordia no tiene límites, el amor que comparten los servidores, la compresión y la sanación que se vive es celestial. Podrás entregar el dolor, la culpa y cualquier otra carga que consciente o inconscientemente llevas innecesariamente contigo.
Si tú eres de los que dice: “yo aborté y no me arrepiento” y paralelamente tus ojos se humedecen, también la invitación es para ti. Ignorar lo sucedido solo prolongará un sufrimiento que Dios, con los brazos abiertos, está dispuesto a recibir.
“Vivimos sin saber de dónde proviene esa tristeza profunda, esa falta de brillo en nuestras vidas, pero nuestra alma sí que lo sabe”
