Yucatán es un lugar de tradición, conocido no solo por su ascendencia y mitología maya, sino también por sus historias y los susurros, pasos y sombras que se entrelazan con el viento, para hacer eco en lugares que hoy muchos podrían considerar embrujados.
Aunque hoy es considerado uno de los estados más seguros para vivir, en otros tiempos Yucatán vivió el terror y con ello también el dolor de varias víctimas cuyas voces se apagaron en las haciendas de la entidad y cuyas historias se han abordado en otro partado en el que hablamos sobre la vida después de la muerte.
También hablamos en otro apartado sobre las casas embrujadas en Mérida, sin embargo, en esta ocasión traemos un conteo sobre los cinco lugares en los que se han reportado la mayor actividad paranormal en la entidad, con apariciones, ruidos y situaciones que nadie ha podido explicar.
Estos son los cinco lugares que, según varios locales, consideran los más embrujados de Yucatán, dónde se ubican y cuáles son sus historias.
Misnébalam — El pueblo que se quedó en el suspenso del henequén
Misnébalam nació y brilló durante el auge del henequén, también conocido como el “oro verde”. Era una hacienda con maquinaria, corrales y una comunidad que giraba alrededor de la producción henequenera. En sus mapas aparece como una de tantas instalaciones rurales que sostuvieron la economía yucateca en los siglos XIX y principios del XX; en las fotos antiguas se ven casas bajas, la casona principal y una pequeña iglesia.
La leyenda que le dio la fama de “pueblo fantasma” arranca con el asesinato del dueño de la finca, Fidencio G. Márquez (o Don Fidencio), quien fue atacado y ultimado en un camino cercano en 1921. A partir de ahí, son varios quienes cuentan que desde entonces comenzaron las apariciones, ruidos, luces inexplicables y gente que prefería no dormir en el pueblo. Los archivos y artículos de prensa recogen la anécdota y la ubican como punto de inflexión en la decadencia del lugar.
Con la caída del henequén y la modernización, Misnébalam fue perdiendo población hasta quedar, en décadas recientes, prácticamente abandonado. El paso del tiempo —y el vandalismo— convirtieron las casonas en ruinas que hoy atraen a curiosos, fotógrafos y equipos paranormales.

Los visitantes describen un cementerio olvidado, paredes grafiteadas y sobre todo la atmósfera: un silencio que pesa, interrumpido por ruidos que algunos atribuyen a “Juliancito”, el niño fantasma que aparece en varias versiones del mito.
Más allá del detalle sensacional, Misnébalam es también una lección de historia social: la prosperidad ligada a un monocultivo, la relación desigual propietario–peón y la migración forzada cuando la industria colapsó. Ese trasfondo social explica por qué las tragedias humanas se vuelven memoria colectiva en forma de fantasma.

Ex–Clínica Peninsular: Despojos de un edificio que conserva lamentos
La edificación conocida por todos como la “Clínica Peninsular” fue, en su momento, un hospital pequeño que llegó a operar varias secciones. Con los años se volvió escenario de controversia, pues versiones periodísticas y reportes locales hablan de que en sus últimas décadas habría funcionado, de manera irregular, como lugar donde se practicaban abortos clandestinos y otros procedimientos en condiciones precarias.
Según recoge la tradición oral, en algún tiempo guardias o policías que entraron por curiosidad afirmaron escuchar llantos de bebés en salas vacías; luminarias que se apagan; sombras en ventanas; e incluso imágenes tomadas por drones que, según algunos, muestran figuras dentro de las ventanas
. Programas y expediciones de investigación paranormal incluyeron la ex clínica entre sus objetivos, lo que alimentó el mito y la atención mediática.
Para muchos vecinos el lugar, ubicado en la colonia Sarmiento, es un recordatorio físico de prácticas médicas clandestinas y de dolor; para otros, un imán para la curiosidad nocturna. Las versiones recogen testimonios, vídeos y expedientes periodísticos que documentan la fama del inmueble como “embrujado”.
Hacienda San Pedro, Cancabchén: La casona de Cholul donde la violencia se volvió mito

En Cholul —un poblado inmediato a Mérida— se alza la vieja casona conocida popularmente como la hacienda embrujada de Cholul (a veces referida como ex-hacienda de Cancabchén). Es una construcción que remite al modelo henequenero: casa principal, patio mayor, bóvedas y estructuras que sostuvieron la vida agrícola regional.
Las versiones son varias, pero todas comparten un hilo: una tragedia pasional o de abuso que terminó en muerte.
Una de las historias más contadas dice que una mujer fue abusada por el capataz; lo que causó que su prometido buscara venganza y, consumido por la culpa, se suicidó después.
Otra variante relata que el dueño –temido por su crueldad– asesinó a un jornalero, pero e la comunidad enardecida terminó con la vida del patrón.
Testimonios de gente de la zona, así como notas turísticas y blogs locales cuentan ruidos nocturnos, figuras que se mueven entre las sombras, cruces y huellas que aparecen y desaparecen, y hasta afirmaciones sobre rituales —desde conjuros de protección hasta supuestos actos de brujería— realizados en los terrenos.
En el fondo, la hacienda de Cholul sirve como ejemplo de cómo estos lugares que fueron escenario de relaciones sociales extremas (explotación, castigo, violencia) terminan “habitados” por relatos que personifican esas tensiones.
Casa Zurita: El grito que no se apaga
La Casa Zurita, ubicada en calle 57 con 68, barrio de Santiago, Mérida; ocupa un sitio concreto en la historia reciente de Mérida porque allí ocurrieron, hace años, un doble feminicidio que conmocionó al barrio.
Las víctimas eran la señora Elda Zurita y su hija Cynthia (bailarina reconocida en círculos locales), cuya historia horrorizó a aquel barrio, donde incluso testigos refieren que la escena del crimen era tan dantesca que fueron varios los oficiales que salieron del lugar vomitando.
El 22 de agosto de 1999, las mujeres -y el novio de Cynthia- fueron sorprendidos por unos presuntos ladrones, que torturaron a las mujeres hasta la muerte, a fin de que revelaran dónde tenía escondidos los documentos y dinero que doña Elda, conocida prestamista de la zona, guardaba en casa.
Los vecinos de la zona insisten en que, el hecho fue tan cruel que aún hoy en las noches se escuchan lamentos y gritos que salen de la vivienda; e incluso algunos afirman haber visto figuras en las ventanas o en el jardín, otros describen luces que se prenden sin motivo.
La mezcla de un homicidio real —con el trauma que eso implica para una comunidad— y la réplica constante del relato en redes y programas sensacionalistas fue construyendo la reputación de la que supone es la casa más “embrujada” de Mérida.
Cabe destacar que, por este crimen la policía logró la detención de una familia de Tabasco, Ciudad del Carmen y Chiapas. Eran el abuelo Moisés Méndez Mejenes, médico anestesiólogo; su hijo Manuel Méndez Angulo y el nieto, así como otros dos cómplices. Esto gracias al testimonio de Alejandro Carlos Varela Baeza, entonces novio de Cynthia, quien pese a recibir varios martillazos en la cabeza logró sobrevivir.
No obstante, en 2019, el doctor y su hijo fueron liberados tras promover amparos y cumplir gran parte de su sentencia.

El Pinar: La casona de Itzimná y su relato de locura y encierro
“El Pinar”, ubicada sobre la calle 60, aparece en recorridos por la Mérida antigua como una de las casonas representativas del auge henequenero, con su carácter señorial y sus jardines que una vez comunicaron la casa con el campo.
Aunque hoy se promueve como un lugar de ensueño para casarse o celebrar algún evento, detrás esconde una triste historia que se ha convertido en leyenda urbana.

La leyenda más difundida afirma que la dueña —o la mujer que vivía en la casa— fue mordida por un murciélago y contrajo una enfermedad que la volvió violenta o “diferente” (algunas versiones usan la palabra rabia). El marido, desesperado por proteger a la familia, la encerró en una habitación donde la mujer aullaba, golpeaba las puertas y murió en soledad.
Tras eso, los vecinos cuentan lamentos, sombras en las ventanas y luces que se prenden de madrugada. Como en los otros casos, esa historia enlaza miedo, aislamiento y la figura del encierro como castigo final.
La casona, en su mezcla de memoria arquitectónica y rumor, ilustra cómo la historia de un edificio (su función social, sus tragedias privadas) puede convertirse en un relato colectivo que explica por qué un lugar “no está en paz”.
