“POR LA INSISTENCIA DE ESTA VIUDA…”

La parábola del evangelio de este domingo que habla sobre la permanencia en la oración debe entenderse en conexión con la venida del Señor que se anuncia como un acontecimiento decisivo y repentino; por eso es preciso estar alerta y orar sin intermisión pues no sabemos el día ni la hora. De ahí que Jesús se refiriera más bien a una actitud y a lo que pudiéramos llamar “la oración de la vida misma”, que a una oración concreta que es menester repetir una y otra vez.

La parábola encaja muy bien en la situación de aquellos tiempos en los que la viuda era realmente el prototipo de una existencia en soledad y desamparo, y en los que abundaba la siniestra figura del juez corrupto.

Esta viuda de la parábola no tiene en principio posibilidad alguna de ser escuchada por aquel juez injusto, pero insistió hasta que el juez cedió, aunque sólo fue para desembarazarse de ella.

La oración de los elegidos de Dios es una oración para pedir, día y noche, la justicia. Ahora bien, no se puede pedir insistentemente justicia a Dios si no se lucha igualmente con insistencia por establecer entre nosotros la justicia. Además, una vida de oración solo es posible cuando hay fe; por eso Jesús nos amonesta para que mantengamos la fe hasta el último día.

La cualidad fundamental de aquella viuda fue su implacable constancia que ignoró el silencio de aquel juez, la amargura de su indiferencia y la dureza de su enmascarada hostilidad. Orar no es fácil, como si se tratara de pronunciar una fórmula mágica que allane todo y resuelva todo. La oración es una aventura misteriosa que en la Biblia tiene la fisonomía de una lucha. Por eso, la cualidad indispensable de la oración es la fidelidad, aun en los momentos de silencio de Dios, en el tiempo de la aridez y de la oscuridad.

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