Último año de la secundaria, adrenalina al máximo cuando al salir del “cole” mirabas al chico que te gustaba de lejos y sin ningún tipo de interacción lo proclamabas el amor de tu vida. La emoción te recorría el cuerpo como un rayo y sentías que podrías conquistar el mundo. No importaba que no hubieras hablado con él jamás, pero quizá te atreverías a dar el siguiente paso: entrelazar la inicial de su nombre con la tuya en medio de un corazón bastante mal trazado con bolígrafo rojo. Querías que fuera el secreto mejor guardado de todos los tiempos, pero a la vez deseabas ser descubierta por tus amigas para entrar en el jueguito que implicaba el chanceo, sin la negación o a la aceptación de lo que a todas luces era evidente.
La primera letra del entonces elegido era la E, la cual, al combinarla con la mía, la B, formaba la palabra “BYE”, que en inglés significa adiós. Un “mix and match” genial para mi yo de 1981, que le daba un toque melodramático perfecto, muy al estilo de las canciones de Air Supply que tanto me gustaban por aquel entonces: “Sometimes goodbyes are not forever. It doesn’t matter if you’re gone. I still believe in us together”.
Mis vecinas y compañeras de niñez, las Chiquitas Moreno, en un acto de complicidad, empezaron a llamarme con varios sobrenombres haciendo alusión a aquel juego de palabras, creando un lenguaje secreto entre nosotras: Bye, Byeon, Byeci… Apodos que conservo hasta el día de hoy, así como su amistad llena de recuerdos y cariño.
Con la llegada de los años 90, la tecnología comenzó a cambiar nuestras vidas a un ritmo vertiginoso, haciéndome sentir un poco abrumada por los nuevos gadgets y sistemas. En ese momento, todo parecía moverse muy rápido. Fue entonces cuando la más joven de mis colegas de infancia me insistió para que creara mi propio correo electrónico: “¡Tienes que tener uno!”, me decía, pero yo no estaba muy convencida.
Y sin decir más, se sentó frente a la computadora y sentenció: “Tengo tu nombre de usuario perfecto: bye_guion_bajo_rios”. Mientras las dos reíamos en completa sintonía, supe que estaba destinada a tener un e-mail con un nombre muy especial y una historia plasmada en un ingenioso “punning”.
Adolescencia: un mundo de pasión y caos donde las promesas de amor eterno duran hasta que aparece alguien más interesante en el horizonte. “Te amo más que las palabras pueden expresar”, se dice, pero a la semana ya estás debatiendo quién dijo qué primero en el recreo. Juramentos eternos que se desvanecen con la misma velocidad que se olvidan hoy las contraseñas.
El amor adolescente, donde el drama es real, pero la memoria no tanto.
Y así, entre bytes y corazones rotos, sigo navegando por la vida. Podemos dejar atrás muchas cosas, pero al fin y al cabo las lecciones y la esencia permanecen. Por cierto, todavía me gusta hacer garabatos con pluma roja, sigo siendo romántica, conservo el mismo correo electrónico y escucho las canciones de Air Supply como si fuera ayer… “Even the nights are better”.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
