FERNANDO OJEDA LLANES ( * )
Las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en el cerro del Tepeyac son un acontecimiento de trascendencia espiritual y cultural para México y el mundo.
La mañana del sábado 9 de diciembre de 1531, Juan Diego, un indígena macehual de corazón sencillo, se dirigía hacia Tlatelolco cuando, en lo alto del cerro del Tepeyac, escuchó el dulce canto como de aves finas; al acercarse, vio a una mujer de belleza indescriptible, quien se identificó como la Madre del Verdaderísimo Dios. La Virgen le expresó un deseo especial: “Quiero que aquí se me edifique una casita sagrada, un templo, para mostrarlo a Él y dar mi amor, compasión, ayuda y defensa”. Así, le pide a Juan Diego que sea su mensajero y que acuda al obispo de México para comunicarle esta petición divina.
Este aspecto es central en el evento guadalupano: la Virgen no solo se manifiesta, sino que pide un santuario dedicado a Jesús, su Hijo, para que Él habite en medio del pueblo, mostrando así la unión de María con la misión redentora de Cristo.
Juan Diego acude ante el obispo fray Juan de Zumárraga y transmite el mensaje; sin embargo, el obispo pide una señal que confirme la autenticidad de la aparición y el deseo de construir la casita sagrada. Juan Diego regresa al Tepeyac y le comunica a la Virgen la petición del obispo. Ella le asegura que le dará la señal.
En los días siguientes, Juan Diego atraviesa dificultades familiares, pues su tío Bernardino cae gravemente enfermo. A pesar de ello, la Virgen le sale nuevamente al encuentro y le asegura que su tío sanará.
La mañana del 12 de diciembre de 1531, en pleno invierno cuando la tierra yerta no produce flores, la Virgen le indica a Juan Diego que suba a la cima del Tepeyac, encuentra una variedad de flores frescas, de colores y fragancias; Juan Diego las corta y las coloca cuidadosamente en su tilma, siguiendo las instrucciones de la Virgen.
La Virgen, con sus santas manos, acomoda las flores en la tilma y le indica que no muestre las flores a nadie hasta estar con el obispo.
Juan Diego, lleno de fe y obediencia, llega a la casa episcopal, cuando se presenta ante el obispo y otros testigos, extiende su tilma y caen las flores, pero lo más asombroso es que en la tela de agave aparece milagrosamente la imagen de la Virgen de Guadalupe. El obispo, conmovido, reconoce la autenticidad del mensaje y acepta la construcción de la casita sagrada.
La imagen es la fotografía celestial de la Madre de Dios.
Atendiendo al deseo de la Virgen, se inicia la edificación de la casita sagrada en el llano del Tepeyac. Este primer santuario se convierte en el punto de convergencia de multitudes que buscan el amparo de Nuestra Señora y la cercanía de Jesús. Con el paso de los años, la humilde ermita se transforma en la majestuosa Basílica de Guadalupe, donde se conserva y venera la tilma original de Juan Diego.
La Virgen de Guadalupe nos trajo a su Hijo.
(*) Investigador del Instituto Superior de Estudios Guadalupanos.
