NUEVA YORK (Por Jacob Gallagher, de “The New York Times”).— Imagínate una papa tipo russet: robusta, sencilla y redondeada. Sus curvas son amplias como una escultura de Botero. Sus costados se abultan como una balsa inflable.

Agrándala una o dos veces, y esa papa podría perfectamente contener tu pie.

Si esto te parece un criterio peculiar para el éxito de un zapato, considera el calzado en forma de tubérculo que ya existe. ¿Qué es el zapato Ugg —eterno favorito de surfistas, chicas universitarias y, más recientemente, de las fanáticas de la alta costura— si no una papa Yukon con un interior especialmente esponjoso? Ya me dirás si el clásico zueco Boston de la marca Birkenstock no parece también una papa alemana y amarilla, arrancada de un jardín.

Varios ejemplares de mi propia colección de zapatos podrían describirse como perfectamente apetitosos y, además, reflejan la abundante cosecha de zapatos en forma de tubérculo que han llegado al mercado en la última media década. Hay zuecos de color castaño oscuro de la casa de lujo española Loewe y zapatos anchos sin cordones de la marca finlandesa VIBAe, especializada en calzado cómodo.

Aun así, mi apetito por esta forma de calzado sigue siendo insaciable. Cuando el mes pasado llegaron a mi bandeja de entrada imágenes de los nuevos “mules” color tierra de la marca de lujo ERL de Los Ángeles, me quedé con el cursor sobre el botón “Añadir a la bolsa”.

El péndulo de la papa

Al igual que los dobladillos suben y bajan para reflejar las costumbres del momento, los zapatos oscilan de puntiagudos a panzones.

De acuerdo con Elizabeth Semmelhack, directora y conservadora en jefe del Museo Bata Shoe de Toronto, existe una “larga tradición” de zapatos con forma de papa que responden a preocupaciones de salud y comodidad de las personas.

Las formas más anchas solían aparecer cuando el calzado se volvía cruelmente restrictivo. Alrededor del movimiento sufragista de la década de 1910 y principios de los años 20, por ejemplo, las mujeres llevaban botas de cordones con puntera ancha y “nariz de bulldog”, una sacada de dedo medio dirigida a los tacones altos “muy muy puntiagudos” que figuraban antes.

Los actuales zapatos en forma de papa, añadió Semmelhack, están más relacionados con los estilos ortopédicos de la década de 1970.

A medida que los supermercados ecológicos y los estudios de yoga florecían en Estados Unidos durante esta década, los compradores se sentían atraídos por el calzado que podía, de alguna manera, mejorar su bienestar.

Ese calzado tosco era el Earth Shoe, una suave importación danesa, con una planta para el pie que se sentía como un puré de papas.

En 1973, las ventas del Earth Shoe alcanzaron los 2.5 millones de dólares.

“El público universitario descubrió los zapatos hace tres años y se sintió atraído por su aspecto que remonta a la naturaleza”, señalaba un artículo de “The New York Times” en 1974 sobre el éxito de ese modelo.

El Earth Shoe se esfumó con el tiempo, pero siguieron apareciendo nuevos diseños abultados. Un artículo del “Times” de 1994 describía al Nike Air Moc como un “zapato en forma de papa”, una suerte de bolsa para el pie, sin cordones y con cierre. Este desaliñado saco para el pie era todo lo que una Air Jordan no era.

Esa misma década, marcas de patinetas como DC, Etnies y Globe empezaron a comercializar zapatillas ridículamente grandes. Estas llegaron como una buena alternativa a las zapatillas para skaters, unas Vans de meter. Diseñadas para amortiguar el pie del usuario, estas zapatillas parecían unas papas al horno, a punto de estallar.

Calzado en auge

El momento actual, sin embargo, hace que todas las modas anteriores del zapato en forma de papa parezcan un parpadeo y representa el triunfo de la comodidad sobre la exageración.

Se remonta a la pandemia. Arrastrando los pies en sus mundos repentinamente reducidos, inseguros de cuándo volverían al “mundo real”, los compradores empezaron a desear zapatos que fueran cómodos para sus pies y más cómodos para sus mentes. Así adoptaron el zapato con forma de papa.

En 2020, Hypebeast, un sitio de noticias sobre moda callejera conocido por celebrar a las Jordans y las Dunks, aclamó los Birkenstock Boston como “el zapato perfecto del momento”. Dos años después, el interés no se había enfriado, ya que se situaron en el segundo puesto de la lista de productos más candentes de la Lyst Index.

Los Boston “son el arquetipo”, opina Jian DeLeon, director de moda masculina de la tienda Nordstrom, quien además gestiona Mule Boyz, una cuenta de Instagram que desde 2017 ha registrado la avalancha de irresistibles zapatos sin cordones que se calzan sin pensar.

Los Boston no fueron más que un patito feo convertido en rey del baile por la pandemia. Las ventas de Crocs de 50 dólares alcanzaron su punto máximo en 2021. Hoy, las colaboraciones con diseñadores e iconos culturales como la marca de moda británica Simone Rocha y programas de televisión como “South Park” siguen manteniendo a los Crocs en la conversación.

“Es simplemente comodidad y conveniencia”, añade DeLeon, quien así resume el estado de ánimo predominante.

A medida que han ido surgiendo más imitadores, un aluvión de “dupes” o imitaciones ha empujado a Birkenstock a inventar nuevas variedades de su zueco. Ahora ofrece el Naples, un zapato sin respaldo en el talón y la parte delantera como la de un mocasín, así como los Boston aptos para chefs, con una pronunciada suela de goma.

Una versión de los Boston forrada por dentro con piel de oveja compite con los Uggs.

Thibo Denis, diseñador francés que trabaja para Louis Vuitton, es uno de los muchos que ha trabajado con Birkenstock en los nuevos diseños de su línea de gama alta 1774. Fue “una oportunidad de ensueño”, admite.

Denis, quien siente atracción por los calzados exagerados, asegura que un zapato de gran tamaño no solo completa tu silueta, “sino que le aporta carácter”.

Lanzada este otoño, su colaboración con Birkenstock incluye un zueco pesado cuya parte delantera parece una papa con cordones. Ahora que está disponible, Denis desearía que incluso fuera un poco más abultado para su talla 9 de pie.

“No quiero que se me interprete como un diseñador sobredimensionado”, advierte Denis, quien emplea la palabra “oversize”, que se utiliza para las prendas muy holgadas. “Pero el pie necesita espacio”.

Para que los compradores siguieran gastando, las marcas y los diseñadores empezaron a ampliar los límites de lo que podía ser un zapato abultado.

“Gran parte de ello se basa en la poca profundidad de la investigación de tendencias en la que se dice: ‘Oye, todo el mundo lleva estos zapatos más anchos, hagamos algunos’”, explica Dal Chodha, profesor de Comunicación de Moda en la Universidad Central de Saint Martins, en la capital británica.

A sus ojos, las Yeezy Foam Runner de Kanye West, que debutaron en junio de 2020, siguen siendo influyentes. Aquellas zapatillas largas y abultadas, en tonos parecidos a la paleta de colores de la película “Duna”, “lucían muy orgánicas, pero de un modo que no parecían refinadas”, reconoce Chodha.

No todas las marcas han sido tan conceptuales. En general, lo que hemos visto en los últimos años es una serie de clones de los Birkenstock Boston. Prada, Brunello Cucinelli, Isabel Marant, Fendi y Burberry han ofrecido “mules” que parecen el mismo zapato si te distraes un poco. Lululemon vende un zueco en forma de papa. Al igual que marcas como Shein, Steve Madden y Quince.

Entonces, ¿cómo llegué al zapato en forma de papa? Se podría decir que estaba preparado para ello. De adolescente disfrutaba con mis zapatillas de skater con lengua gorda de Emerica y los Birkenstocks que hacían que mis pies desproporcionadamente grandes parecieran aún más como un par de bloques.

Después de la universidad, los dejé. Hasta, por supuesto, la pandemia. Cuando estaba en casa, yo también compré los Boston y sintonicé con la industria del calzado que dejaba de lado las zapatillas deportivas en favor de los zuecos toscos.

Vi cómo las cuentas de Instagram que antes publicaban sobre el próximo modelo de las Ultraboost de Adidas dedicaban su atención a los regordetes zapatos de meter. Promovían los zuecos de “recuperación” con suela inclinada de Oofos, las chanclas inflables de la marca japonesa Subu, unas diminutas chaquetas hinchables para los pies, y las chanclas Shanti de Keen. Intrigado, compré estas últimas. Cuando me las puse, mis pies lucían como si estuvieran siendo atacados por un alien. Me encantaron.

¿Por qué, me preguntaba, había estado metiendo los pies en unos difíciles zapatos de vestir todo este tiempo? Vendí mis zapatos “monk” con doble puntera y mi calzado de cordones, seguro de que podría sustituirlos cuando llegara el inevitable regreso al mundo real. Lo hice, con unos amplios mocasines Loewe que permiten que los dedos de mis pies se desparramen.

Cambio a la vista

Últimamente, sin embargo, he notado una tendencia contraria: zapatos finos, delgados, que apenas existen. Estamos asistiendo a otra de esas fluctuaciones en materia de tendencias.

El calzado retro de la década de 1970, como las Adidas Samba y las Onitsuka Tigers, tan finas como una oblea, se anuncian en las publicaciones de moda como la gran novedad. Marcas de diseñadores como Ralph Lauren y Prada ofrecen los zapatos llamados “balerinas”.

Yo solo soy un ser humano y también puedo ser víctima de las tendencias.

Así que me compré un par de zapatillas Dries Van Noten con una suela de no más de un centímetro de grosor. Cuando me las ponía, notaba cada piedrecita que pisaba. Me dolía el talón por el impacto.

Al día siguiente, volví a mis zapatos en forma de papa.

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