Migrar es llevar la memoria personal en un equipaje que se niega a vaciarse. Después de años de ese andar errante, regresé al trópico para internarme en la investigación de archivo. Ya no era la tierra de volcanes nicaragüenses donde nació mi curiosidad por las fisuras del pasado. Ahora aterrizaba en la llanura plana del Mayab, un mapa posible para inmiscuirme en la historia desde otro pulso: lento y silencioso.
Encontrar un lugar propio para pensar —y para llamarlo hogar— no es fácil. Exige adaptación, reconocimiento, desaprendizaje y respeto que todo foráneo debe interiorizar. Quizás fueron el bochorno meridano y los olores del axiote, la naranja agria, la tortilla de comal y la humedad los que me recordaron a Managua. Dos ciudades donde habitar es un desafío. Sitios donde el sol se cuela sin permiso en la intimidad y donde la espera del transporte público revela el peso contradictorio y clasista de sus urbes. Delirio urbano. Mancha de cemento que avanza, tumba selvas y sepulta poblados con más violencia que un huracán.
Pero el trópico tiene su contrapeso: una riqueza silenciosa que se defiende sola. Ojos de agua reposando en grutas que guardan edades geológicas. Un manto verde que respira y recuerda la verdad de estas tierras. Nubes que quieren ser montañas. Infancias que aún encuentran tranquilidad. Y una cultura que resiste en su cotidianidad, su lengua y su memoria.
En Yucatán —como en Nicaragua— la realidad supera la ficción. Tal vez por eso los testimonios mesoamericanos conmueven y alertan a la vez: en un mismo territorio conviven quienes tramitan con miedo su condición de refugiados y quienes, desde el norte global, llegan con la posibilidad de adquirir una propiedad para escapar de sus inviernos, desplazando —sin reparar en el impacto— a locales que cada vez buscan vivienda en la periferia.
Para unos, el trópico es refugio; para otros, un escenario exótico y disponible. En esa convivencia desigual se evidencia que el colonialismo y el extractivismo siguen latentes, solo que con otros nombres.
Ahora lo entiendo mejor: llevo conmigo una península y un istmo que me recuerdan que habitar no es un acto inocente, sino una responsabilidad. Y en esa lentitud —como quien revisa un vasto archivo en busca de un retazo del pasado— reconozco en Yucatán una casa abierta donde la historia y la vida cotidiana se encuentran.
Un lugar que murmura lo cerca que sigo de ese centro que es también periferia y donde, finalmente, puedo volver a comenzar.
Becario del Cephcis de la UNAM.
