El discernimiento ético no consiste solo en preguntar “¿qué se puede hacer?”, sino sobre todo “¿qué es bueno hacer para la persona, a la luz de su dignidad y del Evangelio?”. Requiere oración, diálogo, información seria y una conciencia bien formada.
Toda persona, en cualquier etapa, sana o enferma, posee un valor inviolable.
Pregunta clave: ¿esta decisión respeta y promueve la dignidad integral (cuerpo, mente, relaciones, espiritualidad)? El criterio no es solo la eficacia o la presión del momento.
Pregunta: ¿esto es objetivamente bueno, justo y humano… aunque cueste? La prudencia integra datos, riesgos y valores, y elige el mejor camino posible.
Pasos prácticos: ver la situación, sopesar opciones, prever consecuencias, decidir y revisar.
Principios fundamentales (especialmente en bioética):
No maleficencia: no causar daño injustificado.
Beneficencia: procurar el mayor bien posible.
Autonomía responsable: escuchar y respetar las decisiones libres e informadas del paciente.
Justicia: trato equitativo, prioridad a los más vulnerables, uso responsable de recursos.
Proporcionalidad terapéutica: no imponer tratamientos desproporcionados o inútiles.
Cuidado siempre posible: cuando no se puede curar, siempre se puede cuidar.
Evaluar efectos previsibles sobre la persona, la familia y la comunidad, a corto y largo plazos.
Pregunta: ¿qué consecuencias previsibles tiene esta decisión y quiénes serán afectados? La ética exige transparencia, consentimiento informado y diálogo respetuoso.
Pregunta: ¿se ha dicho la verdad con caridad y claridad? Ni relativismo ni rigorismo. La norma orienta; la caridad concreta.
Clave: unir verdad y misericordia, justicia y compasión. Las decisiones complejas se enriquecen con el diálogo (ya sea el equipo de salud, familia o acompañante espiritual).
Actitud: escuchar, argumentar con respeto, rezar juntos.
Señales de un buen discernimiento:
Respeta la vida y la dignidad.
Integra ciencia y compasión.
Da paz interior razonable, aunque sea exigente.
Soporta la luz: puede explicarse con verdad y humildad.
Protege especialmente a los más vulnerables.— P. Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la salud, vida y adultos mayores
