• Arriba y a la derecha, dos momentos del concierto de la Orquesta Sinfónica de Yuctán (OSY) intepretando la Sinfonía número 7 de Anton Bruckner, la noche del pasado viernes

Si Austria de finales del siglo XIX no fuera un país, sino un salón de conciertos vienés, Anton Bruckner no ocuparía el palco central ni proyectaría una larga sombra desde el atril del director. Al contrario, sería un parroquiano más y permanecería en un pequeño espacio en un banco lateral, atento, silencioso, escuchando cómo otros disputan el sentido del arte.

Austria de finales del XIX vivía un enfrentamiento entre el romanticismo avanzado de Richard Wagner y el clasicismo de Johannes Brahms, tal cual lo hacían otras figuras y corrientes en otros países de una Europa abocada al modernismo desenfrenado, como un aguerrido Émile Zola contra un perfeccionista Gustave Flaubert en la literatura francesa o León Tolstói y Fiódor Dostoievski, en Rusia, con visiones opuestas de la moral, el arte y el sentido de la existencia.

Europa entera parecía debatirse entre conservar la forma o empujarla hasta su ruptura, pero en Viena, entre 1881 y 1883, en esa batalla de cultos y devociones emergió la Séptima Sinfonía del sexagenario Bruckner, una obra maestra del romanticismo tardío, una catedral sonora frente al ruido ensordecedor del mundo, una composición que se habita, se respira y se exuda.

Para sentir la Séptima de Bruckner es crucial entender al autor. Vilipendiado por algunos críticos por su cercanía a Wagner, Anton fue alguien que creció bajo el espectro de los gigantes. Inseguro, tímido, pero creyente fervoroso, construyó su corpus lentamente desde las sombras más oscuras.

El resultado es un compendio de nueve sinfonías canónicas junto con otras obras corales sacras. Todo ello bajo el paraguas de una escasa prolificidad en pro de la profundidad más personal. Por eso, de Anton Bruckner tenemos un repertorio de pocas obras, pero cocidas a fuego lento.

Arquitectura sonora

La Orquesta Sinfónica de Yucatán, actualmente bajo la batuta del director italiano Alfonso Scarano, hizo una interpretación sublime de una sinfonía que no se presenta, sino que emerge poco a poco como atmósfera de revelación y nos transporta a un cúmulo de compases impregnados del lirismo y el misticismo mágico de la oración bruckneriana.

Un Allegro moderato, un Adagio elegíaco, un Scherzo rústico y un Finale son la columna vertebral de esta estructura melódica en Mi mayor construida bajo la fe y la paciencia e interpretada con la sutileza de quien sabe que el proceso para alcanzar el summum no se impone, se disfruta.

En el primer movimiento, el lirismo se hace presente con el protagonismo de violonchelos y trompas a semejanza de una voz interior bajo el abrazo de un trémolo de cuerdas. Todo evoluciona sin prisa y sin perder el misticismo con diálogos continuos entre maderas, metales y cuerdas.

La intensidad llenó la sala, hasta dar paso a un segundo movimiento característico en estas composiciones, un Adagio expresivo, lento y solemne, como un lamento lacónico por la muerte de su espejo, Richard Wagner.

Precisamente, el Adagio del segundo movimiento fue compuesto por Bruckner en tiempos coincidentes con la muerte de ese compositor alemán, en Venecia, en febrero de 1883.

Como recuerdo perenne para devorar el tiempo, el autor austriaco introdujo un cuarteto de tubas wagnerianas que la orquesta interpretó de manera pasmosa.

Precisamente las tubas, cual procesión fúnebre multidimensional, entran como reyes para despedir serenamente al maestro y observar lo que permanece en el mundo de los vivos.

La soberana interpretación de la orquesta hizo que la música trascendiera y abrazara una espiritualidad enternecedora.

Finalizada la congoja, en el tercer movimiento, la orquesta interpretó el Scherzo y nos hizo descender a tierra firme. La sala rebosaba de ritmos enérgicos, diálogos directos entre maderas y cuerdas, contrastes mundanales que nos recordaban que estamos aquí y, después de volar hacia lo etéreo, volvemos a sentir el palpitar del corazón y entender que estamos en cuerpo presente.

El último movimiento no busca la explosión de antecesores como Ludwig van Beethoven y contemporáneos como Piotr Ilich Tchaikovsky o Gustav Mahler con algunas de sus sinfonías más icónicas. Busca más bien la afirmación serena y la luminosidad en un movimiento por el orden y el sentido.

Anton Bruckner, ese gran compositor de las sombras que se curtió a base de silencios y observaciones, se coronó de la mano de un brioso Alfonso Scarano, quien no utilizó la partitura completa en ningún momento, dando muestras inequívocas de confianza, preparación y conexión con los músicos.

La Orquesta Sinfónica de Yucatán en su totalidad, la cual volvió a dar una lección de precisión técnica y capacidad de capturar la fe y la naturaleza melódica, logró que nos llenáramos del romanticismo bruckneriano.

El público, exigente pero también muy agradecido con el pundonor artístico, devolvió la calidad interpretativa que brotó del escenario con una calurosa ovación que cerró una noche para el recuerdo.— Javier Caballero Lendínez

De un vistazo

Catedral sonora

La Séptima Sinfonía se erige como arquitectura espiritual: una obra que se recorre, se respira y se habita, más cercana a la contemplación que al efectismo sinfónico.

Bruckner discreto

Anton Bruckner aparece como figura marginal y observadora, ajena al protagonismo, marcado por timidez, fe profunda y una creación lenta, reflexiva, construida desde la sombra y el silencio.

Interpretación yucateca

La Orquesta Sinfónica de Yucatán, dirigida por Alfonso Scarano, logra una lectura madura, orgánica y espiritual, basada en confianza mutua, precisión técnica y comprensión profunda del discurso bruckneriano. Hoy se volverá a escuchar esta sinfonía a las 12 i.m. en el Palacio de la Música.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán