Anteanoche, en la Sala de Conciertos del Palacio de la Música, se experimentaba una energía especial. Antes de la presentación del cuarto programa de la temporada, había en el ambiente una mezcla de expectativa y celebración que terminó por confirmarse cuando la Orquesta Sinfónica de Yucatán, dirigida por Alfonso Scarano, ofreció un programa que llevó al público de la alegría juguetona del neoclasicismo a la intensidad emocional de la ópera, ¡y qué ópera!

La velada comenzó con la Suite Pulcinella de Igor Stravinsky, una obra llena de color y espíritu danzante que desde las primeras notas contagió a la sala. Durante poco más de media hora, la orquesta desplegó los ocho movimientos de esta partitura con una frescura que se transmitía de inmediato a los asistentes. La música circulaba por el recinto como una corriente ligera. Había sonrisas, discretos tarareos, cabezas que seguían el pulso y hombros que se balanceaban apenas, como si la obra invitara naturalmente a moverse con ella. Más de uno incluso simulaba dirigir en el aire, contagiado por el carácter vivaz de la pieza.

El maestro Scarano condujo a la Orquesta con claridad y soltura, permitiendo que la partitura brillara en sus contrastes y en su humor elegante. En el escenario, los músicos respondían con precisión y entusiasmo, construyendo un sonido ligero, luminoso, casi teatral, que transformó la primera parte del concierto en un verdadero despliegue de alegría musical. La respuesta del público fue inmediata. Al finalizar la obra, los aplausos llegaron acompañados de esa sensación de satisfacción que deja una interpretación redonda. Scarano aprovechó el momento para presentar a los solistas de la Orquesta, quienes recibieron también el reconocimiento de la sala.

Durante el intermedio, la conversación entre los asistentes giraba inevitablemente hacia lo que vendría. No era un secreto que, como el Diario había anticipado, la segunda parte del programa tenía un significado especial.

Tras el incendio del Teatro José Peón Contreras, que obligó a la Orquesta a trasladar su sede al Palacio de la Música, la presencia de la ópera en sus temporadas había quedado suspendida, pero esta noche, aunque en formato semiescenificado, se abría nuevamente esa puerta. La emoción creció al ver entrar el sofá rosa, una mesita blanca, donde reposaba el protagónico teléfono azul.

La expectativa se confirmó cuando apareció en escena en una elegante bata de noche púrpura la soprano singapurense Victoria Songwei Li, encargada de interpretar “La voz humana (La voix humaine)”, la intensa ópera en un acto de Francis Poulenc con libreto del poeta francés Jean Cocteau.

Desde el primer instante Li capturó la atención de la sala. Su interpretación no se limitó a la voz, sino fue también gesto, movimiento y emoción. Cantando de pie, sentada, recostada e incluso arrodillada en el escenario, fue construyendo el retrato de una mujer atrapada en la última conversación telefónica con el amante que la abandona.

La historia, sostenida únicamente por su voz, su corporalidad y por la respuesta sonora de la Orquesta, fue creciendo en intensidad. Cada pausa en la línea telefónica, cada interrupción de la llamada por operadoras o interferencia en la comunicación propia de los antiguos aparatos generaba una tensión palpable entre el público, que seguía con atención el vaivén emocional del personaje. Sonrisas, llanto, rabia y frenesí envolvieron a los presentes.

Al fondo del escenario, una pantalla permitía comprender cada palabra del monólogo cantado en francés, llevando a los asistentes a vivir por completo la trama. Así, la sala acompañó cada cambio de ánimo del personaje; la esperanza, la ternura, el miedo, la desesperación y la fragilidad que se revela cuando el amor parece desmoronarse.

La Orquesta fue mucho más que acompañamiento. Sus intervenciones parecían dar voz al interlocutor invisible al otro lado del teléfono, creando un diálogo musical que sostenía la tensión dramática de la obra. La interpretación de Li confirmó lo que días antes había compartido con entusiasmo, su emoción por debutar en México con esta pieza.

La soprano se entregó por completo al papel y logró transmitir una intensidad que mantuvo a la sala en silencio absoluto durante largos pasajes. Algunas exclamaciones surgieron al instante de pasar el cable del teléfono alrededor de su cuello, y sollozar cuando lo colgó por última ocasión.

Cuando sonó el último acorde, con la actriz en el piso devastada y con mirada perdida, la reacción fue inmediata. El aplauso irrumpió con fuerza y se prolongó durante varios minutos. La sala permaneció en penumbra mientras la cantante regresaba una y otra vez al escenario para agradecer con caravanas, visiblemente conmovida por la recepción del público.

Al final, tanto la soprano como el director agradecieron juntos para luego recibir flores entre la Orquesta entera de pie. Como es ya costumbre, Scarano entregó su ramo a una de los músicas de la Orquesta, gesto que fue recibido con sonrisas y complicidad entre los integrantes del ensamble.

Cuando las luces se encendieron por completo, el murmullo de la sala estaba lleno de comentarios entusiastas. “Qué gran noche”, decía alguien al pasar. “Ya se extrañaba la ópera”, comentaban otros. Había una sensación compartida de haber vivido algo especial. El público abandonó poco a poco el recinto mientras continuaban las conversaciones en los pasillos y escalinatas. Afuera, en las calles del Centro, algunos músicos se despedían entre felicitaciones, todavía con la emoción de la función en el rostro.

Así terminó una velada que comenzó con la alegría contagiosa de Stravinsky y concluyó con la intensidad dramática de la ópera, dejando entre los asistentes la impresión de que la música, si se vive con entrega, transforma una noche que pudo ser cualquiera en una experiencia memorable.

Para quienes deseen disfrutar o, por qué no, volver a vivir esta gran experiencia musical, la Orquesta Sinfónica de Yucatán ofrecerá una segunda función de este mismo programa hoy al mediodía en la Sala de Conciertos del Palacio de la Música.— DARINKA RUIZ MORIMOTO

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