Mérida no es solo blanca, ni solo maya-española. Bajo las piedras de la S.I. Catedral, en los bajos del Palacio de Gobierno y en el ADN de miles de yucatecos, late una herencia que fue silenciada por siglos.
El doctor Jorge Victoria Ojeda ha dedicado más de dos décadas a investigar en archivos nacionales y extranjeros para devolverle a la ciudad una pieza fundamental de su rompecabezas identitario.
Hoy, a las 20 horas, en el salón Uxmal 3 del Centro de Convenciones Siglo XXI, en el marco de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey), se presenta “La raíz africana en la Mérida de Yucatán. Siglo XVI al XXI”, una obra editada por la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady) que promete cambiar la forma en que caminamos por las calles del Centro Histórico.
Doctor Victoria, este libro es el resultado de más de dos décadas de investigación en archivos parroquiales, civiles y militares. Tras 20 años de trabajo, ¿qué siente al ver finalmente este compendio que abarca cinco siglos reunidos en una sola obra?
Bueno, en esta labor siempre aparece más información, claro, pero creo que con la documentación que he logrado juntar a través de los años y la visita a archivos nacionales y extranjeros, logré pintar una historia no contada de nuestra ciudad. Esa es la principal aportación: contar una historia que jamás vamos a encontrar, o mejor dicho que no habíamos encontrado, en la narrativa oficial. Romper con el binomio “maya-español” es un asunto de bastante interés. Como dijo algún investigador, es imposible comprender la historia de Yucatán, y en este caso yo lo especifico a Mérida, hablando solo de dos partes. A través de este libro damos cuenta de la presencia de esta gente; no solo demográfica o física, sino de toda una red de relaciones complejas sociales, económicas y políticas que se gestaron a través de las centurias.
¿Cuál fue el mayor reto metodológico al investigar una presencia que fue borrada de los libros de texto y del discurso del mestizaje?
El reto es romper con lo que nos vienen diciendo desde la educación básica, que en México “no hay negros”. Demostrar que sí hubo, que esta gente estuvo en todas partes de América y de la Nueva España es fundamental. La historia que se nos ha contado es la de una “ciudad de blancos”. Curiosamente, la búsqueda de esta información fue en muchos casos más sencilla de lo que pensábamos. ¿Por qué? Porque los negros estaban en los documentos; el problema es que no los veíamos porque nos habían enseñado a no verlos. Si tú revisas los documentos que menciono en el libro, no es que estuvieran perdidos o escondidos; son documentos que se manejan cotidianamente, como los censos y padrones del siglo XVIII, pero simplemente no se les tomaba en cuenta. Mi labor fue considerarlos, buscar sus actuaciones y entretejer sus vidas a lo largo de la etapa colonial.
Usted ubica la venta de personas esclavizadas bajo las bóvedas del actual Palacio de Gobierno. ¿Cómo cambia nuestra percepción de estos espacios cotidianos al saber que fueron centros de comercio humano?
Debe cambiar totalmente nuestra perspectiva. A partir de ahora, cuando pasemos por el Palacio de Gobierno, debemos saber que ahí, en sus bajos, se vendían esclavos. El edificio deja de ser solo un monumento para convertirse en un testigo de una historia real, a veces cruda. En el libro menciono el “Afro-Tour”, un proyecto didáctico que tengo desde hace tres años para enseñar la participación de la gente de origen africano en estos edificios. Por ejemplo, entender que estuvieron en la Catedral, que tuvieron su propia parroquia ahí mismo, y que incluso algunos fueron enterrados dentro de ella. O el caso de la iglesia de El Jesús (Tercera Orden), cuyo nombre original se debe a la parroquia de negros, no necesariamente a la Compañía de Jesús como nos han pintado.
Solemos creer que los africanos fueron figuras marginales. Sin embargo, usted afirma que fueron vitales para la economía. ¿En qué sectores destacaron?
Estuvieron en todas partes. En el servicio doméstico eran fundamentales: cocineras, niñeras, nodrizas; los hombres en las caballerizas o yendo a buscar tributos a las encomiendas y haciendas. Pero también tuvieron tareas artesanales: eran curtidores de pieles, carpinteros, sastres y barberos.
Esta gente jugaba un papel económico de gran importancia porque permitía que sus poseedores tuviesen una vida social más holgada. Además, el esclavo funcionaba como un “refugio de capitales”. Un esclavo no costaba dos pesos; a finales de la década de 1770, un esclavo podía costar tanto como una quinta a las afueras de Mérida. Tenerlos otorgaba prestigio y solvencia económica.
¿Existe hoy un rastro de ese intercambio cultural entre mayas, africanos y españoles? ¿Cómo podemos rastrearlo?
Es difícil porque la población se diluyó, a diferencia de grupos más cerrados en Oaxaca, Guerrero o Veracruz. Sin embargo, esa es la pregunta que falta por explorar más a fondo. En Yucatán, lo que no es maya es español y no damos posibilidad a otra relación. Pero mira la “jamaica”: es un producto de África. O palabras que usamos como “chamba”, “mochila” o “bemba”. Ahí están los rastros. Esa interacción cultural es lo que debemos seguir investigando para enriquecer nuestra historia.
¿Es este libro una lucha contra el legado ideológico que excluyó lo africano?
Totalmente. Es un libro donde se refleja a la gente que formó parte de nuestra sociedad colonial y cuyos descendientes caminan hoy entre nosotros. En el libro menciono los estudios del genoma del mexicano, donde aparece un 3% de ascendencia de África Occidental. En el Censo 2020, mucha gente en Mérida se autorreconoció con raíces africanas. Tal vez no sea algo que vean a simple vista, pero es algo que corre por su ADN. La impronta africana está presente en la Península, igual que en el resto de México.
Como cronista de Mérida, ¿cree que la ciudad tiene una deuda histórica con esta “tercera raíz”?
Más que una “deuda histórica”, un término que no me gusta mucho, creo que los resultados de esta investigación nos dan la oportunidad de narrar la historia de una manera mucho más completa. Es darle voz a grupos que fueron segmentados después de la Independencia bajo la idea de que nunca existieron.
Presentar esta obra en la Filey le otorga un alcance masivo. ¿Qué respuesta espera de las nuevas generaciones de lectores?
Lo que siempre buscamos los que promovemos la lectura es que la historia que se conoce poco se difunda. Mi libro no es de poesía o cuentos que se presentan y ya; quiero que la gente conozca de qué se trata. Por eso buscamos, a través de la Uady, que el libro sea digital y gratuito. No hay excusa de que “está caro” o es de “difícil acceso”. Espero que otros espacios, la Comuna o las universidades, me inviten a presentarlo para seguir difundiendo estas décadas de trabajo.
Si pudiera resumir el mensaje central de su libro para alguien que camina hoy por la Plaza Grande, ¿cuál sería esa verdad que ya no podemos ignorar?
Que la ciudad ofrece una historia jamás contada. Estoy seguro de que después de leer este libro nadie va a ver el Centro Histórico de la misma manera. Se los aseguro: al caminar por las calles, ya no solo van a salir a flote los blancos y los mayas, sino que también van a aparecer los africanos en cada esquina, en cada edificio y en cada rostro de nuestra Mérida.— Renata Marrufo Montañez
