Hay días grises, ni malos ni buenos, solo complejos. Estoy en la fila del banco, donde he dejado mi nombre en la puerta para convertirme en un número más. No me gusta cuando dejo de ser persona para ser atendida por un ejecutivo malhumorado que tiene la misma prisa que yo, pero solo para ofrecerme créditos, seguros e hipotecas antes que atender mis peticiones. Ninguno de los dos está a gusto, pero es lo que hay.

Eso o me comunico con una máquina de infinitas opciones que no llevan a nada, mientras clamo por la atención de un ser humano. No me doy por vencida. Sigo apostando por la sensibilidad y la humanidad.

Soy de una generación que prefiere el calor de un abrazo al frío de un “like”, el sabor de un buen café al tacto de una pantalla. Somos los últimos en creer en el amor sin apps, en las sorpresas sin notificaciones. Confiamos más en un cheque de nuestro puño y letra que en las transferencias electrónicas.

Somos la Resistencia, la que no se rinde al futuro. En un mundo que olvida, nosotros recordamos. Nos aferramos a la tierra, a la familia, al honor.

Somos la Resistencia, esa de los valores que nos hicieron fuertes: lealtad, amor y comunidad. Somos la Resistencia frente al ruido y la prisa, sosteniendo la espera de un lugar auténtico para habitar.

Porque creer en algo más que en sí mismo es el principio de la verdadera revolución interior. Nunca subestimes a gente como yo, que hace arder un barco consigo adentro para obligarse a saltar. Queridos, ¡somos la Resistencia!

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán