Hay escritores que hablan de sus libros y hay otros que los viven mientras los cuentan. Xavier Velasco pertenece claramente al segundo grupo. Habla con emoción, se entusiasma con sus personajes y vuelve una y otra vez a los mundos que construye, como si siguieran respirando incluso después de cerrar la novela.
Con “Mala espina”, el autor de “Diablo guardián” —Premio Alfaguara 2003 y adaptada como serie por Amazon— regresa a ese territorio que mejor conoce: personajes intensos, obsesivos, emocionalmente al límite. Pero esta vez lo hace con una historia más oscura —“posiblemente la más oscura”, confiesa—, más directa y más incómoda, donde la violencia no sólo abre la novela: también la define.
Velasco no escribe desde la distancia. Escribe desde la intensidad. Y cuando habla de “Mala espina”, lo hace con la misma energía con la que sus personajes se equivocan, se obsesionan y se hunden.
En el marco de la Filey, el narrador y cronista conversó con el Diario sobre el origen de su nueva novela, la Ciudad de México como escenario oscuro y el proceso creativo que lo llevó a escribir una de sus historias más crudas.
—“Mala espina” empieza con una muerte brutal. ¿Lo primero que escribiste fue esa escena o el personaje que tenía que morir?
—Sí, lo primero fue esa escena. No recuerdo si fue exactamente esa o la que viene junto, cuando el muerto todavía vivo le llama a su exesposa y le pide ayuda. Las dos ya estaban en mi cabeza. ¿Cuál escribí primero? No lo recuerdo. Pero sí tenía muy clara esa forma brutal. Tenía en la cabeza al muerto tirado en la Ciudad de México, en la esquina de Sagredo y Barranca del Muerto, afuera de una escuela de niñas.
—Siempre has dicho que escribes desde la obsesión. ¿Qué fue lo que te obsesionó esta vez: el crimen, la culpa o los personajes que viven en los márgenes?
—Lo que me obsesionó fue la historia. Son dos historias: la de un hombre que es un heredero inútil, que se queda sin nada y se mete a chamán, y la de su exesposa, hija de un falsificador de dinero que acaba en la cárcel. Esas dos historias fueron las que seguí. Además, me había tocado ver varias historias de farsantes metidos a brujos.
—Tú empezaste a escribir a los nueve años para escapar de la escuela. Hoy, después de tantos años y un Premio Alfaguara en medio, ¿sigues escribiendo para escapar de algo?
—No lo había pensado así. Quizá sí. Supongo que ahora escapo del trabajo. Escribo precisamente para no trabajar, porque escribir lo disfruto tanto que no lo considero trabajo. Escribo para seguir dentro de mis obsesiones y para darles curso. No es que yo diga: ahora quiero escribir de esto. Más bien siento que tengo que escribirlo. Para mí escribir es encontrar paz, sentir que estoy haciendo lo que tengo que hacer. Mientras escribo no me importa absolutamente nada más.
— Iván Mauricio, o “Juan de la Luna”, es un personaje rodeado de rumores. ¿Te interesaba contar quién fue realmente o cómo se construye el mito de alguien después de morir?
—Hay otro personaje clave: Dunia Montoro, su exesposa. A ella le interesa saber con quién diablos estuvo casada. Eso pasa con frecuencia: uno cree que conoce a la persona con la que se casó y no tiene idea. Al hurgar en el pasado para entender quién era él, también se está buscando a sí misma.
—Dunia es una analista de inteligencia, pero termina buscando respuestas hablando con los muertos. ¿Te interesaba ese choque entre razón y superstición?
—Por supuesto. Dunia detesta todo el tema del esoterismo, pero acaba yendo una y otra vez al panteón a hablar con los muertos. Y cuando hablamos con los muertos, en realidad hablamos con nosotros mismos. Muchas cosas que hoy entiendo de mí las descubrí hablándole a mi madre después de que murió. Los muertos están ahí para que nosotros nos entendamos.
—En la novela aparecen hechiceros, traficantes, médicos, forenses y gente de poder. ¿La novela negra fue la forma más directa de contar este mundo?
—Yo tenía mucho tiempo queriendo escribir novela negra porque soy lector apasionado del género. Cuando conocí ese mundo de los chamanes, entendí que ahí había una historia. Incluso tuve un amigo que pasó de ser heredero a convertirse en brujo y distribuidor de hongos, peyote y ayahuasca. Sentí la necesidad de contar esa historia porque ya tenía demasiadas piezas del rompecabezas.
—¿Qué te atrajo más al escribirla: el misterio criminal o la culpa de los personajes?
—La culpa. De hecho, tardé mucho en saber quién había matado a Iván. Pero sí sabía cuáles eran los demonios que perseguían a Dunia. Ella no necesita saber quién mató a su exmarido, necesita entender qué pasa dentro de su cabeza.
—Has dicho que parte del material viene de experiencias reales. ¿Es tu novela más autobiográfica o la más libre?
—Ni una ni otra. No es autobiográfica, pero yo invento muy poco. Tomo escenas y personajes de lo que he vivido y de lo que he visto: forenses, ministerios públicos, delincuentes, gente con mucho dinero y poder. Todos esos demonios coincidieron en esta novela.
—Tu literatura siempre ha tenido algo muy urbano y muy nocturno. ¿La Ciudad de México sigue siendo el gran personaje?
—Más que nunca. Esta historia solo podía pasar en la Ciudad de México. Me di gusto recorriendo colonias ricas y pobres, cercanas y lejanas. La ciudad es otro de los demonios chocarreros que habitan la novela.
—También eres un melómano absoluto. ¿La música sigue influyendo en el ritmo de lo que escribes?
—Enormemente. Como en mis otras novelas, hice una banda sonora. La subí a Spotify, Tidal y YouTube. Siempre les paso la música a mis editores para que entren en el espíritu del libro.
—Ganaste el Alfaguara con “Diablo guardián” en 2003. Mirando hacia atrás, ¿cómo ha cambiado el escritor que eras entonces?
—He perdido mucho candor. Antes escribía sin saber si lo que hacía se iba a publicar. Ahora vivo de escribir. En ese proceso se pierde ingenuidad y se ganan colmillos.
—¿Te sientes más cómodo escribiendo sin presión o con la presión de tener lectores?
—La presión siempre está. Yo escribo tratando de hacer el menor ridículo posible. Siempre me pregunto si lo que escribo sirve para algo o si sólo será una mamarrachada. De esa duda nace la posibilidad de que la novela sea buena.
—Si tuvieras que elegir, ¿”Mala espina” es tu novela más oscura o la más personal?
—Posiblemente la más oscura. Es una novela dura, llena de personajes absolutamente impresentables. Trata con buena parte de lo peor de la sociedad.
—Si alguien que nunca te ha leído abre esta novela, ¿qué versión de Xavier Velasco va a encontrar, al cronista, al provocador o al novelista que ya no quiere pedir permiso?
—Ojalá que encuentre a las tres (risas). Pero uno nunca puede saber qué va a encontrar el lector. Cada lector es un mundo.
—¿Qué te gustaría que pensara el lector cuando termine “Mala espina”: que leyó una novela negra… o que conoció a un personaje imposible de olvidar
—Me gustaría que se viera a sí mismo y que sintiera que no es la misma persona después de leerla. Uno escribe una novela para tocar el alma de quien la lee. Le diría que si se mete en esta novela se va a meter en muchos problemas… pero se van a resolver solos. Para eso está la literatura: para meterse en problemas y salir impune.— Marcos Aguilar G.
