La cantautora Vivir Quintana presentó su libro “Sobre-vivir para la música” en el marco de las actividades de la Feria Internacional de Lectura Yucatán (Filey). Es una obra que abre la puerta a su historia más íntima y a los procesos personales que han marcado su camino artístico.
En entrevista con Diario de Yucatán, la artista compartió las emociones, dudas y retos que implicó transformar años de memorias en un relato honesto, en el que la vulnerabilidad se convierte en el eje central de su narrativa.
Vivir Quintana, vienes a presentar este libro que es prácticamente asomarse a tu intimidad. ¿Cómo te sentiste al escribirlo?
Tuve muchos sentimientos, voy a ser honesta. Al principio tenía muchos nervios. Una cosa es que te vean en redes sociales haciendo tu trabajo, cantando, mostrando lo bonito, y otra muy distinta es decirles: “también soy esta”, mostrar otra parte de ti.
Claro, sigues siendo tú misma, pero es una forma de hablarle a la gente con honestidad. Yo siempre quise que este libro fuera así, muy honesto, que mostrara realmente quién soy. Ahí estuvo la dificultad y también el reto: hablar con el corazón en la mano y decir “esto también soy, esto también me ha pasado”, porque no todo ha sido bonito. En redes puede parecer que todo va increíble, pero cuando llego a mi casa, cierro la puerta y me quito este personaje —que al final soy yo misma—, y también pasan otras cosas.
De ahí nace este libro y también el título: “Sobre-vivir para la música”.
En este libro planteas la creación artística como una forma de resistencia. ¿Qué implica sobrevivir en un contexto social marcado por la violencia en México?
Implica muchísimo. Creo que ser mujer en México es estar tres veces más vulnerable que en otros contextos. A mí me da mucha tristeza que, siendo un país tan precioso, no podamos disfrutarlo al cien por ciento. No puedo decir con mis amigas “vámonos de viaje un fin de semana” sin pensar cómo nos vamos a ir, si es seguro, si podemos viajar por carretera. La violencia está ahí. Recuerdo que un cantautor me decía que cuando tiene un bloqueo creativo sale a caminar a las tres de la mañana, y le encanta porque no hay gente.
Yo le dije: “Qué padre, yo no puedo hacer eso, ni mis amigas artistas ni compositoras”. Vivimos con esa vulnerabilidad, aunque luego nos digan exageradas. Yo no conozco un México como me hubiera gustado conocerlo. Tengo una sobrina de 18 años y pienso que ella tampoco podrá vivirlo así, porque siempre tendrá que cuidarse de ese mismo México que es tan bello, pero también tan peligroso. Eso me parece profundamente triste e injusto.
¿Ser mujer en esta época ya es sinónimo de peligro?
Sí. Tengo una amiga que acaba de tener una hija y me decía: “Cuando supe que iba a ser niña, sentí emoción, pero también miedo”. Ojalá algún día podamos vivir en un país donde no nos dé miedo existir.
¿Qué papel juega la memoria individual y colectiva en la construcción de tu identidad como artista?
Juega un papel protagónico. Convivir con la memoria y retratarla es un ejercicio que cambia constantemente. Es como ver una fotografía: aunque sea la misma, cambia con el tiempo. Eso fue lo que hice al revisar mis diarios de más de 15 años: darme cuenta de que ya no era la misma mujer, ni la misma niña o adolescente que los escribió.
Es como ver la misma imagen en distintas épocas. Mi mamá y una expareja siempre me decían que yo me acuerdo de todo, para bien y para mal. Incluso de niña mi papá lo decía. Recuerdo que si él me prometía llevarme al campo, yo no lo olvidaba. Esa memoria tan presente es fundamental en este libro: asomarse a ella, revisitarla y entender cómo me ha construido.
¿Qué diferencias encuentras entre narrarte desde la música y hacerlo desde la escritura?
La música ha sido para mí un trabajo más privado. Escribo una canción, la dejo respirar, regreso a ella y la voy puliendo hasta que está lista. En cambio, este libro fue un proceso más compartido: escribo, lo lee mi editora, lo revisa la editorial. Eso lo hace distinto y también me gusta. Mi editora, Gaby Rochin, me decía: “¿Y si esto lo cuentas más adelante?”, y yo regresaba al texto. En la música, en cambio, yo soy mi principal observadora y después viene el público. Ahí empieza el diálogo. Aquí, el diálogo se inició desde el proceso mismo, con el equipo. Fue diferente y también muy bonito.
¿Cuánto tiempo te llevó realizar este libro?
La compilación de los diarios abarca unos 16 o 17 años. Tengo en mi casa una torre de cuadernos. Y el proceso creativo del libro duró entre un año y un año y medio.
¿En algún momento pensaste en escribir un libro tan vulnerable, tan íntimo?
Hace tiempo una editorial me buscó para escribir un libro de poesía, pero esa idea no se concretó. Después, mi mánager me sugirió hacer un libro con mis diarios, incluso una autobiografía, y todo cambió. Si hubiera sido poesía, habría sido algo más cercano a un cancionero, profundo, pero menos personal.
Esto, en cambio, es completamente íntimo. Fue un proceso divertido, pero también difícil. Había partes que le decía a Gaby que quitara porque me dolían mucho, luego cambiaba de opinión y le pedía que las dejara. Fue un ir y venir constante, pero también muy bonito: volver a verme desde distintos puntos.
¿Cómo dialoga tu libro con proyectos como “Canción sin miedo”?
Dialoga en el sentido de que muchas cosas que aprendí gracias a “Canción sin miedo” se reflejan aquí. Se entrelaza quién era antes y quién soy después de esa canción. Aunque ya tenía cierta conciencia, esa experiencia me hizo aprender muchísimo más. Me conectó con mujeres muy profundas y aguerridas. He aprendido de ellas y de mí misma, de cómo va cambiando mi forma de pensar. Todo eso se refleja en el libro.
Esa canción, que es de resistencia, también muestra cómo mi camino en la música ha sido de resistencia. Van de la mano.
¿Qué esperas provocar en el lector con este libro?
Quiero que entienda que el camino es la verdadera meta. A veces pensamos que las metas están muy lejos, pero lo importante es el paisaje que se construye mientras avanzas. También quiero decirles, sobre todo a niñas y niños, que no es necesario cambiar quiénes somos para encajar: ni nuestras formas, ni nuestros cuerpos. Ya somos suficientes. Lo importante es cuidar nuestra emocionalidad, nuestra salud mental, y atrevernos a ser quienes realmente somos, sin buscar agradar a nadie más que a nosotros mismos.
* * *
Es así que a través de esta publicación, Quintana no solo expone su experiencia personal sino que también plantea la creación artística como un acto de resistencia en un contexto social complejo. Desde la música hasta la escritura, su voz se articula como un testimonio que dialoga con la realidad de muchas mujeres en México, construyendo un puente entre lo íntimo y lo colectivo.
Al cierre de la conversación, la autora subrayó que su libro busca generar en los lectores una reflexión profunda sobre el valor del proceso personal, más allá de las metas. Para ella, entender el camino y reconocer lo que se vive en él es una forma de reconciliarse con la propia historia y encontrar sentido en cada etapa.
Asimismo, enfatizó la importancia de la autenticidad en un mundo que constantemente exige adaptación. Quintana invitó a las nuevas generaciones a no modificar su esencia para encajar, sino a cuidar su bienestar emocional y atreverse a ser quienes son, como un acto de libertad y resistencia frente a las adversidades.— Alejandra Cruz
De un vistazo
Intimidad expuesta
Vivir Quintana revela en “Sobre-vivir para la música” su mundo interior mediante diarios personales que exponen emociones, contradicciones y vulnerabilidad. Con ello se aleja de su imagen pública para construir un relato honesto y profundamente humano.
Proceso creativo
A diferencia de la música, la escritura del libro implicó un trabajo colectivo con sus editores, con los cuales mantuvo un diálogo constante que enriqueció la construcción del relato autobiográfico.


