El arquitecto Roberto Magdaleno Olmos expone su análisis sobre Dzibilchaltún y el concepto de spolia durante su participación en el Simposio
El arquitecto Roberto Magdaleno Olmos expone su análisis sobre Dzibilchaltún y el concepto de spolia durante su participación en el Simposio

En el marco del Simposio de Patrimonio Cultural organizado por el Ayuntamiento de Mérida, el arquitecto y profesor Roberto Magdaleno Olmos propuso ayer una lectura distinta de Dzibilchaltún, para entenderlo más allá de un vestigio arqueológico: como un territorio vivo donde el concepto de spolia revela capas de transformación material, simbólica y urbana, activas hasta hoy.

Al comienzo, el ponente subrayó que la divulgación es el primer eslabón de la conservación. “Si no somos conscientes del valor de lo que tenemos, difícilmente lo vamos a preservar”, señaló, como llamado a las nuevas generaciones que heredan y redefinen el patrimonio.

El eje de su conferencia fue el concepto de spolia, término de origen latino asociado al despojo, pero que en la actualidad se interpreta como la reutilización de materiales antiguos en nuevos contextos.

No solo es una práctica constructiva, explicó, se trata de un fenómeno que transforma el significado de los objetos, como una piedra, una escultura o un muro que dejan de ser lo que eran al cambiar de función, visibilidad y carga simbólica. Spolia, dijo, es al mismo tiempo materia e ideología.

Ciudad maya

Bajo esta mirada, Dzibilchaltún se convierte en un caso revelador. Magdaleno Olmos explicó que la propia ciudad maya practicó spolia al renovar sus edificios. Ejemplo de ello es el célebre Templo de las Siete Muñecas, cuya subestructura fue reutilizada como núcleo para una nueva etapa constructiva.

Lejos de ser demolido, el edificio anterior fue “absorbido” como cimiento, en una lógica de continuidad más que de ruptura.

Otro caso importante es el uso de estelas, originalmente expuestas en espacios públicos, como elementos constructivos en etapas posteriores. Algunas fueron fragmentadas y ocultas dentro de muros, perdiendo su función ceremonial para convertirse en parte de la mampostería. “Nadie veía ya la escultura; el significado había cambiado”, explicó el arquitecto.

La reflexión avanzó hacia una escala mayor. El spolia no se limita a objetos o edificios, sino que también puede abarcar el paisaje. En Dzibilchaltún, la traza urbana maya de carácter disperso y ligada a la cosmovisión mesoamericana organizaba el espacio a partir de un centro sagrado de la que salían calzadas hacia los cuatro puntos cardinales. Este núcleo, vinculado al cenote Xlacah, funcionaba como simbolismo entre el inframundo, la superficie y el plano celeste.

Sin embargo, ese equilibrio ha sido intervenido en distintas épocas. Durante el período colonial, la construcción de una capilla abierta en la plaza central implicó una nueva forma de spolia: no sólo se reutilizaron materiales prehispánicos, sino que se transformó el sentido del espacio público, adaptándolo a otra religión y a otro orden cultural.

Magdaleno Olmos advirtió que el fenómeno continúa bajo nuevas formas. El crecimiento urbano de Mérida ejerce presión sobre el sitio arqueológico, expandiéndose sobre áreas que también forman parte del paisaje cultural. Fraccionamientos, vialidades y elementos contemporáneos alteran la lectura del entorno, generando lo que el ponente describió como una “espoliación del paisaje”.

Acercándose al final de la conferencia, cuestionó la presencia de infraestructuras modernas que irrumpen visual y simbólicamente en el sitio, especialmente durante eventos como el fenómeno de luz y sombra en el equinoccio, en que el protagonismo debería recaer en la arquitectura prehispánica y su relación con el Sol.

La ponencia se cerró con el llamado a evitar “grafitear” (opacar) el paisaje cultural con intervenciones que desdibujen su sentido original. Más que congelar el pasado, se trata de comprender sus transformaciones para intervenir con responsabilidad para su conservación.

Al finalizar hubo una breve intervención del público, en la que se destacó la necesidad de ampliar la noción de patrimonio más allá de lo material, integrando dimensiones como el paisaje y la cosmovisión. En ese cruce de tiempos, Dzibilchaltún deja de ser solo un sitio arqueológico y se convierte en un espacio en el que el presente también deja huella.— DARINKA RUIZ MORIMOTO

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